Por Alex Muniente
De talante demócrata, ingenioso e increíblemente popular, Micerino logró pasar a la historia sin transformarse en un déspota del tipo Amenofis IV o un expansionista como Ramses II. Su biografía legendaria, unida al increíble período que le tocó vivir, le convierten en una personalidad única plagada de misterios que, en su mayoría, ni siquiera concluyeron tras su muerte.
Exactamente ¿Quién
fue Micerino? Las enciclopedias suelen despacharle como hijo de Kafra (Kefrén)
y nieto de Khufu (Keops). Gracias al escaso material artístico conservado,
sabemos además que tenía ojos saltones, nariz pequeña y estatura en
consonancia – respecto a sus ilustres ancestros -, rasgos para nada acordes
con un faraón. Aquella apariencia, por fuerza, provocó el recelo de la casta
sacerdotal, contraviniendo la mayestática noción que se poseía de los “hijos
del sol”.
Pero si aquella fisonomía levantaba sospechas, sus ideas progresistas le
supusieron no pocos choques con el poder aristocrático. Al contrario que sus
predecesores, quienes gozaban de un culto propio aunque solapado bajo la figura
de Ra, Micerino (o Menkaura, si se
prefiere) reabrió los templos devolviendo ciertos privilegios a los sacerdotes,
aparte de instaurar una miríada de cultos. Además, fue el primer faraón del
Antiguo Imperio que se representó codeándose con las deidades más importantes .
Asimismo, tal “disidencia” quedó patente desde otras vertientes, por
ejemplo, mediante el decreto que se menciona acto seguido: “Su majestad
quiere que ningún hombre sea obligado al trabajo forzado, sino que cada cual
labore a su gusto”. Esta orden, redactada y rubricada por un escribiente,
daba cuenta de la construcción de una necrópolis junto a la contratación de
50 obreros, añadiendo un salario periódico para cada uno. En el Egipto de la
IV Dinastía (2.500 antes de Cristo), esa medida era sencillamente impensable.
Por consiguiente, a nadie debería extrañarle que las relaciones entre
“El eterno como las almas de Ra” (actual traducción de su nombre) y
las altas instituciones resultaran tensas cuando menos. Su mismo reinado empezó
con muy mal pie en virtud de una maldición divina, casualmente señalada por el
Oráculo de Buto. Con mucha malicia, sacerdotes hostiles le advirtieron que nada
más permanecería en el trono seis años, tras los cuales perecería a fin de
purgar sus faltas.
Ni corto ni perezoso. Micerino ordenó encender a diario las antorchas del palacio apenas anochecía, alargando así la jornada laboral. Pero la medida careció del éxito esperado, se dijo, pues al final de aquel plazo este dignatario expiró. Ahora bien, las noches egipcias por aquel entonces quizás vinieron regidas por algún calendario aún ignorado, ya que dependiendo de la bibliografía consultada su mandato se prolongó entre 25 y 60 años más.
¿Qué tónica siguió tan peculiar reinado? Aparte de anular numerosas
leyes de índole represiva, harto empleadas por sus ancestros, Micerino impulsó
inusitadas medidas sociales. Los biógrafos de este faraón, empezando por el
griego Herodoto, jamás escatimaron elogios a la hora de alabar su estilo de
gobierno. “Si las pirámides eran la prueba perpetua de que en Egipto
mandaban los dioses, la libertad que él dio a su pueblo era la prueba perpetua
de su amor hacia ellos” dejó escrito.
Sacar a colación dicha obra monumental no es fortuito. El mausoleo de
Micerino completó el famosísimo conjunto en la región de Gizeh, y al margen
de las connotaciones funerarias de sobra conocidas, sorprende su modesto tamaño
comparadas con las de Keops y Kefrén. El diseño original estipulaba una altura
máxima de 30 metros, según se ha descubierto recientemente, pero a la postre
alcanzó los setenta (hoy degradados a 62), incluyendo un recubrimiento de
granito rojo ya desaparecido.
Sin entrar en la polémica referida a la particular ubicación y
finalidad de las Pirámides, o el esfuerzo que supuso levantarlas, la aportación
de Micerino queda sumida en el misterio. Cerca de la suya se completaron
construcciones para su primera mujer y la Concubina Real, de nombre Rodopis.
Este último detalle conforma de por sí un evento inaudito, pese a sus
dimensiones más discretas. Se le había concedido un privilegio únicamente
reservado a los dirigentes religiosos y militares de máximo rango.
Para hacerse una ligera idea acerca de la influencia de Rodopis, Plinio el
Viejo sostenía en sus anales que ella misma “sugirió” al faraón dónde
emplazar su pirámide personal. Fuentes más contemporáneas, entre ellas el
ex-redactor jefe del diario The Sun Nigell Blundell, consideran que la
situación fue decidida de antemano por los sumos sacerdotes. Micerino y sus
antepasados acabaron engañados para sufragar un falso monumento mortuorio,
asegura Blundell, cuya finalidad consistía en enmascarar el verdadero propósito
de la construcción.
Una tercera versión, procedente de las memorias del rey bactriano Diodoto I, eleva la confusión a nuevos niveles. Admirador de aquel imperio ya en decadencia y egiptólogo aficionado, recorrió el país a mediados del 250 a. C. recogiendo evidencias y restos adelantándose en un par de milenios a los actuales arqueólogos. De acuerdo con su testimonio, el propio Micerino llegó a un pacto con los sacerdotes asegurándose un nicho en la obra a cambio de transigir en su diseño. Y de paso, permitir que allí se alojaran extraños objetos.
Entonces ¿Cuál fue el legado de este faraón? Shepseskaf le sucedió
hacia el 2.503 a. C. saltándose los ceremoniales, dedicándose luego a abolir
la totalidad de sus edictos. El cambio de mandatarios facilitó el regreso al régimen
tiránico habitual, pero en absoluto logró borrar la impronta de Micerino, que
de entrada se plasmó en una nueva concepción artística. Tampoco pudo
erradicarse el germen de la rebelión que destronó a aquella dinastía varias décadas
después, implantado astutamente por este curioso gobernante.
A grandes rasgos, el “pecado” de Micerino consistió en divulgar el
concepto de que la inmortalidad no era patrimonio del poderoso, sino de todo el
pueblo. Los rituales sacerdotales para entrar en la vida eterna representaban un
lujo exclusivo de las clases pudientes, y a falta de éstos, el “más allá”
dejaba de existir para los humildes. Igualmente notorio – y molesto – fue su
interés hacia la ciencia y el ocultismo, entrometiéndose en el quehacer diario
de quienes explotaban ambos campos del saber.
Conviene destacar que Micerino tuvo por amigo y mentor al arquitecto Hemón,
constructor profesional de Pirámides y discípulo del legendario Imhotep. Los
historiadores califican al segundo como el “Da Vinci egipcio”, nada
menos que un sabio muy versado en medicina, ingeniería, astronomía,
arquitectura...y la magia. En ausencia de anotaciones fiables, cabe imaginar que
la amistad personal con Hemón le llevara a descubrir los secretos de
determinadas disciplinas esotéricas, Vg., la taumaturgia.
Dejando de lado los hipotéticos conocimientos que llegara a obtener, su
fama benevolente generó leyendas que perduraron durante las siguientes
generaciones. La famosa Cleopatra, con un imperio casi extinto y acosado por la
rapiña de Roma, escondió parte de sus tesoros en la Pirámide de Micerino amén
de ciertos enseres puntuales antaño propiedad de otros faraones. La idea no le
sirvió de mucho, puesto que el califa árabe Al Mammun desvalijó la zona en el
800 de Nuestra Era, con escaso éxito.
Un contrariado Al Mammun explicó a sus allegados que en el interior,
lejos de extraer riquezas, encontró mapas astronómicos, cartas de navegación,
extraños metales y un “cristal que no se rompía” (sic). Tal vez
mirara en la dirección equivocada, porque en 1830 el arqueólogo inglés
Richard Howard-Vyse recuperó un bello sarcófago y diversas piezas que fueron
embarcadas en la goleta “Beatrice” rumbo al Reino Unido. Por
desgracia, el bajel se hundió justo delante de Cartagena (Murcia), perdiéndose
la nave y su cargamento. O eso se dictaminó oficialmente.
Y con su legado sumergido en las profundidades ¿ De qué manera debería
juzgarse hoy en día la aportación ética e histórica de Micerino? “No me
cabe la menor duda de su importancia” sentencia Víctor Rivas, presidente
de la asociación de Amigos de la Egiptología “Todavía existen vacíos
enormes en cuanto a su biografía, pero recordemos que se le construyó una Pirámide;
eso fue una forma de demostrar que era alguien notorio”.