LO QUE LOS MILITARES ARGENTINOS OCULTARON SOBRE OVNIs
Por Gustavo Fernández
Estas líneas son el resultado de una paciente investigación, aunque esporádica, iniciada en l982, interrumpida –a veces durante años- por otros compromisos profesionales o la imperiosa necesidad de dejar transcurrir el tiempo necesario para que la contraencuesta surtiera efecto. Y, sí, pudo seguirse adelante gracias a la colaboración de muchas personas que entendieron la importancia de que este material se diera a conocer.
Muchos puntos permanecen oscuros, casos que fueron “olvidándose” con el tiempo, protagonistas que no quieren hablar, fotografías y testimonios que casualmente nadie sabe dónde están.
Y
también hay cosas de las que aún no es posible hablar, informaciones concretas
que estoy investigando y rastreando.
Si
bien la historia comienza muchos años atrás, he creído conveniente ir contándola
paso a paso, incluyendo los testimonios actuales de sus protagonistas; hombres
que más allá de todo tipo de presión, prefirieron mantener la verdad aún a
costa del descrédito. A ellos, nuestro respeto.
Abril de 1984: una entrevista singular.
El
alto militar se revolvió nervioso en su silla, mirándome fijamente. Con
seguridad esperaba que yo hiciese otro tanto y la verdad es que le faltó poco
para lograrlo, ya que el motivo de mi visita no era de aquellos que contribuyen
a crear buenas migas con algunos espíritus susceptibles.
-¿Y qué piensa hacer usted con todo
ese material?
– me preguntó.
- Bueno, como investigador sólo deseo saber, pero como periodista quiero saber qué decir, y cómo hacerlo.
En
ese momento me felicité por la ambigüedad de mi respuesta, que podría quebrar
el nerviosismo y abrir un camino para el entendimiento. Por alguna extraña razón,
mi interlocutor entendió algo parecido, porque su rostro se distendió y rápidamente
me pidió disculpas por su aparente indiscreción.
Un buen rato más tarde me encontraba caminando lejos del gigantesco edificio con algunos papeles fuera de lo común dentro de mi portafolios.
Sin
embargo, algo iba a ocurrir y así fue que poco después sonarían en distintos
escritorios numerosos teléfonos. No podía sorprenderme demasiado, entonces, la
recepción que me fuera brindada una soleada mañana de abril en la oficina del
vicecomodoro en retiro efectivo Echebeste, a la sazón jefe de la Dirección
Nacional del Antártico.
Yo
estaba allí rastreando uno de los denominados
“casos perfectos” que las Fuerzas
Armadas guardan en sus archivos. En la amplia recepción, y flanqueando al
vicecomodoro, me encontré con la inesperada presencia de siete militares de
alto grado que no demostraron la menor sorpresa ante mi presentación. Tras los
saludos de rigor, traté de iniciar una conversación:
-Señores –me
excusé- como no deseo robarles demasiado tiempo, me gustaría explicarles
el porqué de mi visita.
-Fernández –me
interrumpió Echebeste- no necesita explicarnos nada. Sabemos porqué
está usted aquí.
Como
imaginarán, nada había anticipado yo a la recepcionista. Y, por si todavía no
lo saben, El
porqué era lo que las Fuerzas Armadas
argentinas guardaban sobre los objetos voladores no identificados.
El OVNI de la Antártida
Era el 3 de julio de 1965, cuando observadores científicos de tres países (Argentina, Chile y Gran Bretaña) vieron pasar sobre sus bases antárticas un objeto volador de características totalmente diferentes a las de los ya conocidos. Pero dejemos hablar a los protagonistas a través del comunicado que la Secretaría de Marina emitió el 4 de julio de ese año:
“Desde el Destacamento Naval
Decepción, en la Antártida Argentina, fue observado el día 3 de julio a las
19.40 horas, un objeto volador de forma lenticular, aspecto sólido, coloración
predominantemente roja y verde, por momentos en tonalidades amarillas, azules,
verdes, blancas y anaranjadas. Fue registrado su desplazamiento en dirección
general Este, por momentos cambiando al Oeste, a una altura de 45 grados sobre
el horizonte y a una distancia aproximada de 10 a 15 kilómetros”.
“Destácase la ausencia de
sonido, habiéndose observado en sus evoluciones variaciones de velocidad, así
como haber permanecido estacionario, por momentos, en el espacio”.
“El objeto fue reconocido bajo
condiciones metereológicas que pueden ser consideradas excepcionales para esta
época del año: cielo despejado, algunos estratocúmulos aislados y luna
visible en cuarto menguante. El reconocimiento del OVNI fue efectuado por el
observador metereológico del destacamento, junto con diez personas más de la
dotación. El intervalo de la observación fue de 10 a 15 minutos, pudiéndose
tomar fotografías”.
“Personal del Destacamento Naval Antártico Orcadas, también observó en la tarde del mismo día el OVNI de referencia. El objeto se alejó en dirección general noroeste (arrumbamiento 330 grados y a una altura de 30 grados sobre el horizonte). Distancia del objeto estimada en ese momento: de 10 a 15 kilómetros”.
Esta
información fue transmitida mediante dos radiogramas a la Secretaría de
Marina, en Buenos Aires, ampliándose con la referencia a una observación
previa del OVNI, efectuada en la víspera de los acontecimientos.
La Fuerza Aérea chilena reconoció que nueve miembros de la dotación de la base antártica Pedro Aguirre Cerdá, próxima al Destacamento Naval Decepción, observaron que brillaba con luz blanca y se desplazaba en zigzag en dirección sudoeste.
El
fotógrafo de la base obtuvo diez diapositivas color a través de un teodolito y
se registraron oscilaciones en el magnetómetro al igual que en el del
Destacamento antártico argentino de las islas Orcadas. El OVNI –como lo
consigna el comunicado chileno- dejaba a su paso una estela blanca y por
momentos parecía estar detenido en el espacio.
Los
británicos presenciaron el paso del objeto cinco minutos más tarde que en el
destacamento argentino. Para ellos la coloración era rojo-amarillenta con
variaciones al verde como el brillo de una estrella de primera magnitud.
Al día siguiente, periodistas de Buenos Aires se comunicaron con el comandante de la base Decepción, el entonces teniente de fragata Daniel Perissé quien dio su visión de los hechos:
“Ver para creer. Nuestra posición es la
misma que la de Santo Tomás; referimos únicamente lo que hemos visto. Un
objeto como una estrella de primera magnitud se desplazaba hacia el norte con
velocidad variable. A veces estático, pero con repentinas aceleraciones y
cambios de rumbo, aunque siempre en dirección norte y con brillantes colores.
Las características del objeto y su desplazamiento me permiten afirmar que no
se trataba de un globo sonda, ni de una estrella, ni de un avión”. Por último
agregó: “La observación fue puramente visual, pero
de acuerdo con la información que dio la
base argentina de las islas Orcadas, el fenómeno ha dejado sus registros magnéticos
en los magnetobariómetros de la base. Creo que los datos contenidos en esa
cinta magnetobariométrica son de una importancia extraordinaria”.
Testimonio del teniente de fragata Miguel Sosa.
Retomando
el hilo de estas declaraciones pude localizar a fines de febrero de l985 al que
fuera en aquél momento jefe del destacamento de las islas Orcadas, teniente de
fragata Miguel Sosa, cuando las pistas de este trascendente suceso parecían
desvanecerse en el tiempo. Sosa recordaba el episodio como si hubiese sido ayer:
“En Orcadas el objeto fue visto mucho menos tiempo
que en la isla Decepción, pero se lo pudo apreciar nítidamente durante un término
de 15 segundos. Fue exactamente a las 21.35 horas del día 3, es decir, cuando
ya era de noche. El escaso tiempo disponible –agregó- impidió obtener
fotografías. Lo que en cambio se registró fue una leve perturbación en los
bariómetros del observatorio metereológico”.
Como
si hubiese estado esperando mi visita sacó de uno de los cajones de su
escritorio un ejemplar del número 172 del Boletín Informativo de la Secretaría
de Marina.
Mire aquí –me
señaló- éste es mi informe original.
Allí
se acotaba que el objeto era redondo y de color blanco azulado y de un tamaño
mayor al de una estrella de primera magnitud. Se movía de este a oeste con un
desplazamiento parabólico. Al igual que Sosa, los expertos metereológicos José
Mazzuchelli y Eduardo Jarrier observaron el objeto, descartando de esta manera
la posibilidad de una alucinación o un fenómeno atmosférico.
¿Qué vieron los chilenos?
Intercalado en el boletín encontré el recorte de un diario que reproducía las palabras del comandante Mario Jahn Barrera, de la dotación antártica chilena:
“Fue algo real, un objeto que
se desplazaba a una velocidad asombrosa, hacía evoluciones, despedía una luz
azul verdosa, causaba interferencias en los aparatos electromagnéticos de la
base argentina, frente a la nuestra en un islote cercano. Esta es la segunda vez
que observamos estos cuerpos celestes. El primero fue el día 18 de junio, luego
este sábado, a las 9.30 horas. Fue en este último caso cuando toda la dotación
–doce hombres- presenció el objeto, mientras hacíamos las mediciones de la
atmósfera”.
“El aparato era de color rojo
amarillento, variando al verde, al amarillo y al anaranjado. Estaba a corta
distancia, en un ángulo de 45º respecto a nosotros, sobre el extremo norte de
la isla, para luego desplazarse en un curso zigzagueante, y en una de sus
evoluciones se detuvo en el aire”.
“Rápidamente, con los
aparatos a mano, teodolito y anteojo de larga vista, observamos el objeto que se
mantuvo quieto por el espacio de veinte minutos. El cabo Vladislao Durán Martínez,
fotógrafo de la dotación, buscó rápidamente su cámara y tomó diez fotos
que, según su experiencia, son perfectas”.
La información periodística de la época remarcaba las últimas declaraciones del militar trasandino:
“Nuestra
observación no se trató de una alucinación colectiva o de una psicosis.
Estamos en la base por tareas científicas y lo que vemos tratamos de analizarlo
desde ese punto de vista. Pero puedo decir que no era una estrella. Tenía un
movimiento rápido y continuo. Para mí, era un objeto que no puedo identificar.
Pertenezco a la Fuerza Aérea y mis conocimientos de aparatos construidos por el
hombre no llegan a nada parecido, por su forma, su velocidad y su
maniobrabilidad en el aire”.
Perissé
desmiente a los astrónomos
La valentía de estos hombres, que sosteniendo el contenido de sus observaciones provocaron los comunicados oficiales afirmando el avistamiento de OVNIs en los cielos antárticos, marcaría un hito en el ámbito mundial. Pero también surgieron otras voces que intentaron encontrar otras explicaciones al fenómeno. Así fue que miembros del Observatorio Astronómico de La Plata (provincia de Buenos Aires) afirmaron que lo visto era un satélite, probablemente el ECO II. Uno de ellos no dudó en afirmar a la prensa:
“Nuestras
autoridades nos han hecho quedar en
ridículo ante el mundo científico todo con semejantes declaraciones. Eso les
pasa por no consultar a los científicos ”. Aquí vale la pena
preguntarse: ¿Acaso los satélites se desplazan en forma zigzagueante, cambian
de coloración, emiten destellos, dejan una estela de vapor, se mantienen estáticos,
alteran magnetobariómetros o tienen forma lenticular?. No hay que olvidar que
en la Antártida el personal destacado de los tres países también estaba
compuesto por metereólogos, geólogos y personas especialmente entrenadas para
cumplir tareas de observación e investigación científica.
La Secretaría de Marina pareció no haber acusado recibo de las declaraciones de los astrónomos y mediante otro comunicado reprodujo los decires del teniente Perissé, agregando en su párrafo más sobresaliente:
“Las
características del objeto y su
desplazamiento permiten afirmar que no
se trataba de un globo sonda, ni de una estrella, ni de un avión. Las personas
que vieron el objeto fueron diecisiete, entre los que se encontraban tres
oficiales chilenos en la base Aguirre, que se hallaban en Decepción debido a
que uno de ellos sufrió una fractura y debió recibir atención médica. Se
ratifica que dos bariómetros del Destacamento Naval Orcadas acusaron para la
hora de la visión perturbaciones del campo magnético, registradas por la cinta
de tales aparatos”
Nunca
volvió a hablarse de estos fenómenos, así como nunca trascendió que se
exhibieran las fotografías Más de treinta años después cualquier oficial de
prensa, de relaciones públicas o
de inteligencia consultado en el edificio Libertad, sede de la Armada, responde
a la requisitoria invariablemente con el mismo sonsonete: “Nosotros no sabemos
nada”.
Siguiendo los pasos de la CIA
Si
algo ha caracterizado a la Argentina en el tratamiento de estos fenómenos, es
que el manejo de las opiniones oficiales se ha asemejado, casualidad o no, a la
manipulación de la información hecha por la fuerza aérea norteamericana,
antes, durante y después que la CIA (Agencia Central de Inteligencia) tomara
cartas en el asunto.
Vale
decir, entre 1947 (cuando el gobierno norteamericano creó el proyecto
“Signo”, para el estudio de los OVNIs) y 1951, los comunicados militares
admitían como “muy probable” la hipótesis extraterrestre del origen de los
OVNIs.
Desde
1953 hasta 1959, la CIA, a través de la así llamada “ Comisión
Robertson” . , planea el
proyecto “Grudge” (que significa “rencor”, “ojeriza”, una elección
sugestiva para el tratamiento del tema); entonces se resta importancia a los
avistamientos y se ridiculiza a los testigos.
Unos
años más tarde, cuando primero el mayor Héctor Quintanilla y luego el capitán
Edward Ruppelt son puestos al frente del proyecto “Libro Azul”, la fuerza aérea
estadounidense vuelve a tratar el tema como digno de atención pero sin
despertar demasiadas expectativas. En 1969, coincidentemente con el tristemente
célebre “ informe Condon” , se cierra el “Libro Azul”
y se concluye que nada de los informes OVNI justificaba un estudio científico.
Hasta que por fin, desde los años ochenta hasta nuestros días, antiguos
militares retirados comienzan a
destapar las ollas , y si bien
oficialmente el gobierno americano no ha vuelto a expedirse al respecto, el
apoyo que presidentes como Carter y Clinton han dado a los investigadores
privados y la Ley de Libertad de Información han permitido que
trasciendan numerosos informes de índole militar que revelan la preocupación
existente entre los altos mandos ante la presencia de estos aparatos.
Los militares argentinos opinan
En
nuestro país ha ocurrido algo similar. Entre 1945 y 1955 las publicaciones
oficiales o semioficiales (como la por entonces
“Revista Nacional de Aeronáutica”
, hoy “Aeroespacio ”), alentaban la procedencia
extraterrestre de los OVNIs. El Boletín Informativo del Comando General
de Defensa Antiaérea , en el número 84, correspondiente a 1953,
reproduce conceptos tomados de publicaciones especializadas norteamericanas,
arribando a las siguientes conclusiones:
“1) Discos, cilindros y
objetos similares de forma geométrica, luminosos y sólidos, han viajado y muy
probablemente sigan haciéndolo por la atmósfera terrestre. ¿Qué vienen a
hacer?. Es algo que ningún mortal sabe. Hasta la fecha, sus exploraciones han
sido de carácter pacífico, pero cabe preguntar: ¿Seguirá así la situación?”.
“2) Globos de fuego verde, más
brillantes que la luna llena, pasan frecuentemente por nuestro cielo. La tesis
sostenida al principio por la ciencia de que se trataba de meteoros es
inadmisible. La aviación militar norteamericana tiene poderosas razones para
creer que son naves de retropropulsión, pero por la velocidad que alcanzan se
deduce que su procedencia es extraterrestre”.
(Recordemos
que para su estudio los Estados Unidos lanzaron el llamado “Project Twinkle”
–“Proyecto Centelleo”)
“3)
Estos objetos no pueden explicarse a través del término ambiguo de “fenómenos
naturales, porque salta a la vista que fueron creados y son operados por una
inteligencia superior a la humana, cuando menos por el momento”.
“4) Finalmente, no existe
fuerza motriz en la Tierra que pueda igualar su velocidad”.
El
artículo que incluye esta información tiene el sugestivo título de “Los
platos voladores no están sólo en
las mentes” y puede encontrárselo codificado en la Biblioteca Nacional de
Aeronáutica.
El
número 615 de marzo-abril de 1954 del Boletín del Centro Naval
incluye un artículo firmado por el capitán R. Clerquin del que se rescata,
entre otros, este pasaje: “En resumen,
por su variedad de velocidades,
aceleraciones, maniobrabilidad e inmaterialidad, los platos voladores desafían
las actuales leyes de la física, aerodinámica, resistencia de materiales y, si
son habitados o tripulados, las de la fisiología humana”.
La
Biblioteca del Círculo Aeronáutico, en su fondo editorial de la colección
Aeronáutica Argentina, adquirió en 1955 los derechos del libro “Flying
saucers from outer space” (“Platillos volantes del espacio exterior”),
del mayor de
marines , retirado, Donald Keyhoe,
publicándolo con traducción del capitán Jorge Milberg. Y en una
serie de artículos publicados bajo su firma en la Revista Nacional de Aeronáutica,
entre abril y junio de 1955, afirma textualmente: “En vez de decir que las opiniones aquí vertidas son responsabilidad de
sus autores, permítaseme decir que todo lo que aquí se dirá cuenta con mi más
firme aprobación y que en todo momento hago mías las palabras transcriptas o
acepto la veracidad de los hechos relatados”. Bajo el título general de
“Creer o no Creer”, lo que Milberg avala son las publicitadas declaraciones
del polaco-americano George Adamski, quién afirmaba estar en contacto asiduo
con venusinos llegados en sus naves, presentando fotografías que, para los
organismos civiles de investigación, bien podrían tratarse de fraudes.
En
este caso, la publicación refrendaría su autenticidad, y es más, también
exhibiría, por primera vez cuando menos, una fotografía jamás difundida de
esa “nave venusina” con un comentario sobre la funcionalidad y practicidad
de los componentes allí mostrados.
OVNIs en el aeropuerto de Córdoba
Ya
en diciembre de 1954, la Fuerza Aérea Argentina había difundido la observación
realizada el 25 de noviembre de ese año por un grupo de testigos calificados
desde la torre de control del aeropuerto de Córdoba.
Por
espacio de una hora fue divisada una extraña luz por el doctor Marco Guerci,
jefe de la central metereológica del citado aeropuerto; Hugo Bassoli, operador
de la torre de control; Orfilio Moreira, auxiliar del aeropuerto en la sección
Plan de Vuelo; Luis Rafael Gómez, radiooperador; Antonio Cubiles, radiooperador;
Alberto Baxter, funcionario de Aerolíneas Argentinas y Amadeo de la Cruz Farías,
sereno del aeropuerto.
Una media luna y una esfera luminosa permanecieron a la vista de los testigos –a los que al parecer de la Fuerza Aérea no puede calificarse de incompetentes- desde las 5:45 hasta que la creciente luz del Sol las hizo desaparecer. A las 12.32 del mismo día, el operador de la torre de control, Dalmiro Santiago Castex, vio desfilar lentamente un objeto luminoso de color aluminio.
En julio de 1955 la Revista Nacional de Aeronáutica, en un extenso editorial dejaba sentada cuál era su posición asumida:
“Nosotros –con encomiable prudencia-
adoptamos una posición neutral, con tendencia a la credulidad ”. No
olvidemos que para entonces dicha revista era órgano de las autoridades
militares; de hecho, según una ley vigente en nuestro país, la expresión “Nacional”
sólo puede figurar en el nombre de un ente o institución de carácter estatal
o militar bajo control directo de las autoridades de turno. El criterio de esa
editorial habrá pesado cuando en febrero de 1957 en la misma publicación se
reproduce el plano de las evoluciones de una flotilla de OVNIs sobre la Casa
Blanca, asiento del gobierno norteamericano, según se vieron a través de las
pantallas de radar de la torre de control del aeropuerto de Washington.
El
comentarista del suceso desmiente la “explicación satisfactoria” que en los
últimos meses había difundido el Proyecto Rencor, de que se trataba
sencillamente de un “fenómeno atmosférico”.
Pero
el rastreo de informaciones se detiene en 1961 con las apreciaciones del
comandante Gustavo Alberto Ezquerra acerca de que quizás los extraterrestres
nos conozcan mejor de lo que creemos. Extraño comentario. A partir de allí
todo es silencio en las publicaciones oficiales.
Quizás honrosas excepciones fueron los sucesos de la Antártida, coincidentes con la actividad desplegada por el capitán Omar Roque Pagani, en el campo de la investigación, y del suboficial de la Fuerza Aérea Romualdo Moyano, en la recopilación de informes. Pero según los suministrados a la prensa por los respectivos Comandos en Jefe, el trabajo de estos hombres era “a título personal” y de ninguna manera comprometía la opinión de las fuerzas respectivas.
El
informe Condon, el cierre del proyecto Libro Azul y sus secuelas hicieron que el
silencio imperara en los ámbitos castrenses, o cuando menos eso podía pensar
el público, porque la realidad era otra. Crecían los archivos con casos
denominados “inexplicados”, como clara reafirmación de que “otras”
naves estaban surcando nuestros cielos.
Algunos
militares entendieron que era necesaria una metodología para el estudio del
problema y en una publicación de la Escuela de Comando y Estado Mayor
de la Fuerza Aérea Argentina, el mayor Juan Carlos Sáez
facilita la planilla de informes OVNI empleada por el ATIC (Aerial
Technical Intelligence Centre , o
Central de Inteligencia
Técnica Aérea) con base en
Edwards, Ohio, Estados Unidos. Sugería su empleo masivo por el personal
militar.
Recién después de los setenta renace el interés, aunque siempre son más
los “trascendidos” que las
afirmaciones oficiales, pese a
haberse producido sucesos que conmocionaron a la población, como la caída de
un objeto no identificado en el cerro El Zaire en la provincia de Salta o la
destrucción de una iglesia por un objeto volador en el pueblito de Londres,
Catamarca.
Durante
1979, el entonces comandante en jefe de la Fuerza Aérea, brigadier Omar Rubens
Graffigna, dio directivas al capitán retirado Augusto Lima para que éste,
hasta entonces oficial de inteligencia afectado a la Comisión Nacional
de Investigaciones Espaciales (CNIE ) creara, dentro
de ésta, la División OVNI.
El secreto de los archivos
El
entonces jefe de prensa de la Armada, sin abandonar su sonrisa, se reclinó en
el sillón, revolvió por enésima vez su ya frío café y repitió
monocordemente: “No... aquí no sabemos
que pasó con el material sobre OVNIs...
Supongo que habrá sido derivado a la CNIE o al Servicio Hidrográfico Naval”.
Dos días después una situación parecida, esta vez en el Servicio Hidrográfico
Naval y la misma frase:
“Aquí no... debe estar en el edificio
Libertad (sede de la Armada) o en la
CNIE”. Hasta que por fin en la CNIE se cerró el círculo:
“Nosotros tenemos el material OVNI de la
Aeronáutica. El de la Armada lo tiene la
Armada”.
En
uno de los archivos que he tenido la suerte de consultar descubrí algunas
pistas que contradicen aparentemente esta
desorientación en lo que concierne al
material ovnilógico.
En el mismo se encontraba un juego de copias de
radiogramas (tomados a mano) de la Fuerza Aérea norteamericana y la Secretaría
de Defensa de ese país solicitando informaciones ampliatorias sobre avistajes
de OVNIs. También se guardaba una copia mecanografiada de un trabajo del
teniente francés Plantier, con una
detallada hipótesis sobre propulsión de platillos volantes. Hasta que por último,
en dependencias de la Aeronáutica, tuve la posibilidad de encontrar un artículo
del capitán Lucio Tello, denominado “Nuevas concepciones desafían al espacio” , donde la especulación
físico-teórica sobre los sistemas de propulsión espacial del futuro es
ilustrada con naves en forma de discos voladores. Y carpetas (cuya procedencia
no me es posible explicitar) con casos realmente alucinantes.
El
plato volador de Dudignac.
El 20 de agosto de l955 el señor Francisco Navarro,
residente de la localidad de Dudignac, provincia de Buenos Aires, se dirigió a
la plaza central para tomar unas fotos de una casa de la vecindad, cuando observó
que el centro del techo de nubes que estaban por encima de él parecía
desplazarse con movimientos giratorios. Creyendo estar en presencia de algún
insólito fenómeno metereológico, tomó una placa que una vez revelada presentó
difusamente el clásico “platillo”
desplazándose entre las nubes.
El entonces interventor en la Dirección de Aeronáutica
de la policía provincial, capitán de corbeta aviador naval Santiago Salvador
Ambrogio, dispuso extremar los recaudos para investigar el suceso. La conclusión
final, fechada el 25 de octubre de ese año, dice:
“Por lo
expuesto, más lo agregado en el informe
pericial de la sección Fotografía de esta policía, dedúcese que, en efecto,
fue cierto el pasaje de un objeto aéreo desconocido en la localidad de Dudignac,
provincia de Buenos Aires, el día 20 de agosto del corriente año
aproximadamente entre las 9.30 y las 10 horas”.
Pero éste era sólo el inicio de la historia. La madeja de esta investigación comenzaba a desenvolverse brindándome resultados insospechados: casos nunca revelados por las Fuerzas Armadas hasta el presente y encuentros de militares argentinos con presuntos extraterrestres. Un material que había estado demasiado tiempo oculto bajo siete llaves de la opinión pública. Un material al cual, hasta entonces, ningún civil había tenido acceso.
A principios de la década de los ’60, era jefe de
la División de Informaciones de la Armada el capitán Sánchez Moreno. Muchos años
después, éstas serían sus palabras: “La
marina de guerra mantiene desde 1952
una constante preocupación por este fenómeno de la aparición de objetos
voladores no identificados en nuestros cielos, al igual que lo hace la Aeronáutica.
En tal actividad, coincidimos con la preocupación que se guarda en muchos países
del mundo. Lógicamente que no siempre las informaciones de los particulares
pueden tomarse “al pie de la letra”. Teníamos instrucciones precisas acerca
del registro de estos objetos, y a ellas nos ateníamos. Aceptábamos que debía
guardarse cautela, fruto de la reflexión y del análisis de cada caso en
particular”.
Preguntado el capitán Sánchez Moreno acerca del
acopio de antecedentes respecto de la posibilidad de que estos objetos existan,
respondió: “Particularmente, puedo
decir que los he visto. Fue en febrero
de 1955, en Mar del Plata. La observación la hicimos con un capitán de fragata
y un señalero de nuestra marina. La percepción se repitió varias veces
durante diez o doce minutos, tanto de noche como de día. Lógicamente, no se
trataba de estrellas o planetas, sino de cuerpos móviles, de desplazamiento
increíble y de irregularidad en su itinerario ”. Y prosigue:
“Bien, señor periodista, he de decirle
que esta información que obra en su
poder puede ser admitida. A ustedes
los periodistas les corresponde investigar y corroborar. Para ello le hago saber
que desde hace tiempo poseemos, entre otros, el testimonio de cuatro personas
que nos merecen toda la fe y su relato coincide con los antecedentes del tema
que obran en nuestro poder. Estas cuatro personas, viajando en automóvil a las
4.30 horas de la mañana, vieron tres objetos luminosos a una distancia muy
cercana. Corrieron un tanto en la misma dirección del objeto que despedía una
luz deslumbrante,, a tal punto que dentro del vehículo cada pasajero podía
verse y ver el interior como en pleno día. Y algo más; uno de ellos debió
someterse a un tratamiento oftalmológico porque la intensidad luminosa hirió
su retina”.
“Sabrán
ustedes que esos “platos” –agregó- objetos o lo que sean, suelen verse
sobre el horizonte. En este caso que les mencioné se vieron bajo el horizonte.
Es decir, que se les distinguía claramente, teniendo como fondo la elevación
del terreno, y lo más llamativo fue que se observó a uno de ellos realizar
maniobras de ascenso y descenso ”.
La investigación, por lo visto, proseguía brindando datos hasta ahora
insospechados
En una de las páginas del “Manual
de Informaciones”, publicación del Departamento
de
Acción Psicológica , impreso en los
talleres gráficos del Servicio de
Informaciones del Ejército
(división de inteligencia y espionaje de la citada fuerza), en el ejemplar
correspondiente al tercer bimestre de 1962, puede leerse el siguiente párrafo:
“Es de
consignar que estos OVNIs fueron observados desde la base naval de Puerto
Belgrano, donde inclusive su propio comandante, el contraalmirante Eladio Vázquez,
fue testigo presencial de aquellas evoluciones, ocurriendo lo mismo desde la
base aeronaval de Comandante Espora. Es de destacar, asimismo, el interés que
siempre han despertado y mantenido las actividades de los OVNIs en nuestra
marina de guerra, la cual desde 1952 mantiene una comisión encargada del
estudio de estos problemas. Fue precisamente un integrante de dicha comisión,
el capitán de fragata médico Constantino Núñez, el que partió desde Buenos
Aires con la misión de recoger toda la información posible sobre las
apariciones ocurridas en la región de Bahía Blanca entre el 21 y el 22 de mayo
último”.
Naufragio
extraterrestre.
El 11 de agosto de 1964, el capitán de corbeta Saúl
E. Salgado piloteaba un avión Beechcraft 5-G2. Hacia las 17 horas, volando a
2.550 metros de altura cerca del cabo Vírgenes, descubrió de pronto un
artefacto luminoso, reverberante, que flotaba sobre el mar. Creyó, en
principio, que se trataba de un barco reflejando los rayos solares, pero al
verlo volar hacia tierra cambió de opinión, llamando entonces a la torre de
control de Río Gallegos para preguntar si había algún avión en la zona; le
respondieron que el único era un DC-3 naval, al que avistó enseguida delante
de él. Intrigado, descendió notando que el OVNI se hallaba ahora a unos 50
metros del suelo, moviéndose “como un
avión,
lateralmente o bien hacia atrás”.
El capitán Salgado decidió enfrentarlo, partiendo entonces aquél como una
exhalación en dirección opuesta hasta perderse en el firmamento.
Unos
años antes, el 11 de octubre de 1960, desde el Curtiss Super C-46 de Austral
que realizaba el vuelo 803 Río Grande-Buenos Aires, el copiloto, Gonzalo Gil,
había advertido un raro artefacto flotando sobre el mar. En esos momentos eran
las 18.17 horas y volando a 2.100 metros se hallaba a 12 millas al sur del
promontorio Belén, que domina un sector del golfo San Matías, en la provincia
de Río Negro.
Sin disminuir la altura mencionada, el comandante
Luis Bochatey efectuó un viraje, maniobra que permitió a ambos, como así
también al radiooperador Labeta y al señor Mario Munlet –que viajaban en la
cabina- observar burbujas en la superficie del mar, las que formaban una figura
circular. No se advertía ya el cuerpo que motivara la advertencia del copiloto,
pero aquello pareció indicar que se había realizado un movimiento de inmersión.
Dos semanas antes del incidente de cabo Vírgenes, se
había producido una dramática instancia en alta mar. Fue el 28 de julio de
1964, cuando el capitán del barco noruego
“Sumber ” efectuó por radio un
dramático anuncio: “¡Estamos viendo
caer desde gran altura un artefacto
extraño, al parecer en llamas!. ¡Se precipitará al mar!”. A su vez,
cuarenta millas náuticas al sudeste de Puerto Rawson, desde el buque-tanque
argentino
“Cazador” , que navegaba desde
Comodoro Rivadavia hasta el puerto de Buenos Aires minutos después de aquél
llamado angustioso, cerca de las 21 horas, se escucharon voces en el agua como
de personas en trance de ahogarse, a la par que se percibía un resplandor difícil
de ubicar.
Y aunque se carecía de noticias en el sentido de que
por las inmediaciones se hallara navegando otro barco, el capitán anunció
: “Se inicia la búsqueda de náufragos,
tarea que se ha de ver dificultada por la circunstancia que es noche cerrada”.
Nada
pudo hallarse, ni siquiera con el amplio rastreo dispuesto por la Prefectura. Y
aquí caben varias preguntas: ¿Se trataba en realidad de un verdadero
accidente?. En caso afirmativo, ¿de un avión o un disco volador?. No se supo
de pérdida alguna de aeroplanos o buques pesqueros. Si era un OVNI, ¿se
accidentó o acuatizó?.
La Fuerza de Tareas de Instrucción, el 30 de enero
de 1960, conducía a los cadetes de la Escuela Naval Militar que realizaban su
crucero anual por el litoral atlántico. A las 9.30 horas, en proximidades de
Golfo Nuevo, provincia de Chubut, tomó contacto sonar con un “
probable submarino ”
Ante esta inusitada novedad, a partir de ese momento
se efectuó, durante varios días, un patrullaje permanente por toda la zona,
operación intimidatoria que llevaron a cabo el destructor
“Cervantes ” y los patrulleros
“King ” y
“Murature”
, tendiente a lograr que el
intruso saliera a la superficie y pudiese ser reconocido y determinado su motivo
para permanecer en aguas jurisdiccionales. En una oportunidad el aparato,
emergiendo cerca del buque-taller “Ingeniero Gada” , dejó apreciar características extrañas: un
alto cono, una especie de “kiosco” y lo que parecían ser cortos
periscopios.
Cursadas comunicaciones a todos los países del
globo, éstos respondieron negativamente a la posibilidad de tener fuerzas
submarinas operando en la zona. El 15 de febrero, un vocero de la base de
submarinos hizo el siguiente comentario a la prensa:
“Cuando la Fuerza de
Tareas que opera en el Golfo Nuevo
comience con el empleo de las nuevas armas adquiridas en Estados Unidos, el
submarino incursor se llevará una desagradable sorpresa. Hasta ahora ha venido
combatiendo con ventaja; este juego del gato y el ratón se ha prolongado por
dieciséis días ”.
¡El gato y el ratón!. Sin darse cuenta, dicho
vocero había puesto el dedo en la llaga. Es que a idéntica comparación
recurren los pilotos norteamericanos después de perseguir infructuosamente con
sus aviones a los OVNIs. El halagüeño vaticinio no se cumplió. En las
jornadas siguientes una profunda consternación fue creciendo en los medios
locales de la marina, pues pese al empleo de los para entonces modernos y específicos
armamentos adquiridos, la caza dio resultado negativo. El día 25 la Secretaría
de dicha arma anunció la finalización de las operaciones,
“sin que ello signifique que la Armada
Nacional haya fracasado en el
cumplimiento de su misión de resguardar nuestra soberanía en el mar” (¿?).
El
problema de los submarinos extraños se había iniciado ya el 21 de mayo de
1958, cuando la fuerza de destructores localizó, con sus equipos de escucha
subacuática, al noreste del pequeño puerto de Cracker, un objeto navegando en
inmersión. El entonces Presidente de la Nación, doctor Arturo Frondizi confirmó,
en conferencia de prensa del día 23, la grave noticia.
Posteriormente,
y luego que en abril del año siguiente las autoridades de Puerto Belgrano
dispusieran una investigación a raíz de las declaraciones efectuadas por
tripulantes de buques petroleros en el sentido de haber avistado objetos
misteriosos al sur de Bahía Blanca, la marina de guerra realizó una acción
violenta contra los supuestos invasores.
Así, el 19 de octubre, la fragata
“Heroína” , operando frente a
Comodoro Rivadavia luego de obtener
un contacto de sonar y percibir “algo así como una tortea”, abrió fuego
con su artillería aunque sin resultados visibles. Aquella se sumergió, pero el
contacto fue retomado a la 1.46 horas del día 20, oportunidad en que se reinició
el ataque con armas de proa (“erizo”)
y cargas de profundidad. En esa misma jornada, el torpedero Buenos Aires
estableció por detección de sonar la presencia de cuerpos extraños entre
Puerto Madryn y Ushuaia, lanzando cuatro sonoboyas para dejar demarcada la última
ubicación consignada.
El comando de Operaciones Navales dispuso entonces la
exploración aérea y la constitución de la Fuerza Antisubmarina –de caza y
ataque- concentrando al portaaviones
“Independencia” y a la fuerza de
destructores.
El 18 de enero de 1961, dos destructores se hallaban
realizando maniobras a unos 80 kilómetros de El Rincón, cuando a las 10.45
horas fue detectado un “objeto cilíndrico”
navegando con rumbo 180º. Se hizó entonces un gallardete negro que advierte
“me dispongo
a atacar” lanzándose una “rosa”
completa de cuatro bombas. Comenzó así una persecución de dos horas, pero el
misterioso visitante se desvaneció en las pantallas del sonar.
“¡Pasó
por debajo del buque!”.
Un barco mercante, el
“Naviero”, (antiguo “Victory”
fabricado en los Estados Unidos en 1945) regresaba del puerto de Zëebrugge, Bélgica,
donde había embarcado pólvora para Fabricaciones Militares, detonadores para
YPF y cohetes para Aeronáutica. Dicho carguero, perteneciente a la empresa Líneas
Marítimas Argentinas (ELMA) llevaba una tripulación de cuarenta personas.
Siendo las 22.15 horas tiempo de Greenwich (18.15 hora argentina) del domingo 30
de julio de 1967, se hallaba al sur de Santa María Grande, a 150 millas náuticas
de la costa brasilera, surcando las aguas a 17 nudos de velocidad.
El
capitán de la nave Julián Lucas Ardanza (más de veinte años de navegación)se
encontraba en su cabina, cenando con la tripulación –menos aquellos que se
encontraban de guardia-. De pronto recibió un apremiante llamado: desde el
puente de mando lo requería el primer oficial Jorge Montoya.
Subió inmediatamente. A estribor se desplazaba un
objeto oscuro que los dos marinos observaron desde el puente, haciendo
conjeturas sobre su naturaleza. No poseía ni periscopio ni tortea como los
submarinos; no podía ser una ballena, porque carecía de curvas en el
movimiento del cuerpo y estos animales se alejan ante el ruido de las máquinas.
Era
“un cuerpo sólido navegando que obedecía
a leyes de velocidad y desplazamiento” , aunque no pudiera saberse si se
hallaba tripulado.
Se
divisaba con bastante nitidez. Alargado, con forma de habano, de él surgía una
densa luz entre celeste y blancuzca, a la altura de la proa del “Naviero”,
desarrollaba su misma velocidad silenciosamente, sin producir estela sino una
fluorescencia blancuzca. Su largo era de treinta metros y su ancho de cinco.
Al
cabo de quince minutos, aquél “acompañante” misterioso realizó un
movimiento de retroceso, colocándose a la altura de la mitad de la nave. Luego
giró hacia la derecha, aumentó imprevistamente su velocidad... ¡y pasó por
debajo del casco!. Temiendo ser embestidos, los marinos corrieron a babor a
tiempo para verle desaparecer a la altura de la bodega número 2, con rumbo
aproximado a 145º, a una velocidad de 25 nudos (cinco más de lo que podía dar
el carguero), para finalmente desaparecer.
La
insólita novedad fue transmitida por el operador de radio Elías Rabinovich a
las autoridades argentinas, como así también al Brasil, por haber ocurrido en
sus aguas jurisdiccionales. La embarcación no contaba con sonar para detectar
cuerpos sumergidos. Los testigos fueron únicamente dos personas; al resto de la
tripulación se le informó posteriormente, con calma, para no crear una
peligrosa psicosis. Aquellos calcularon que la distancia inicial fue de treinta
metros, y que el objeto pasó por debajo del casco a unos quince metros de
profundidad.
El
“Naviero” atracó en la dársena S, sección 4ta de Puerto Nuevo, el 2 de
agosto a las 23.15 horas.
El 3 de noviembre de 1965 un Douglas DC-4 piloteado
por los comandantes Renato Felipa y Miguel Moyano, llevando 69 pasajeros entre
tripulantes, oficiales y cadetes de la Escuela de Aviación Militar argentina
que hacían el viaje final de estudios, desaparecía misteriosamente al
sobrevolar las selvas de Talamanca, en Costa Rica. El lugar es cercano al
denominado Triángulo de las Bermudas.
En una conferencia dada meses después, Dante
Cafferatta, ex marino argentino, luego de historiar la pérdida de cuatro
aviones norteamericanos en el año 1958, añadió: “¡Esto ocurrió exactamente dónde desapareció nuestro T-48, señores.
Y la Fuerza Aérea sabe muy bien que el último mensaje del piloto decía: “El
radiocompás se muere”, es decir, que no tenía alimentación pues había
desaparecido toda forma de energía. Volaba en una especie de zona muerta,
exactamente la misma donde han sido avistados platos voladores que de pronto
parecen precipitarse, ¡como plomo en la profundidad de la selva!. Creemos
firmemente que los cadetes del T-48 están vivos, raptados por seres
extraterrestres. Es hora que, con la ayuda militar o sin ella, intentemos tomar
contacto con estos extraños visitantes para saber quiénes son y qué buscan en
la Tierra ”. Sin
embargo, creemos que estas afirmaciones de Cafferatta son difícilmente
comprobables.
Nueve
años más tarde, en noviembre de 1974, la
“Comisión Pro Búsqueda del Avión
T-48” , solicitó una audiencia con el Poder ejecutivo Nacional, acusando
a un alto oficial, tripulante del T-43 que acompañaba a la máquina
siniestrada, de haber impartido estrictas órdenes prohibiendo todo comentario
sobre el suceso. Imputó asimismo a los gobiernos del país y altos mandos de la
Fuerza Aérea, el asumir sistemáticamente, “por
una razón que nos parece
inexplicable”, un papel obstruccionista en la investigación del hecho.
No
obstante, no sería coherente con toda la información que a mí me ha llegado
sobre este caso, si no citara las palabras de una docente de la ciudad de Paraná,
provincia de Entre Ríos, cuyo nombre por hoy me reservo, hermana de uno de los
cadetes involucrados en el luctuoso suceso quién, muchos años después, me
comentara las sospechas –mantenidas también por su padre, él mismo alto
oficial de la aviación que en dos oportunidades integró expediciones de búsqueda
en la selva costarricense- de que lo acaecido se habría debido a que desde
Panamá, a la sazón fuerte asentamiento militar norteamericano en plena
paranoia de la Guerra Fría, se le habrían disparado misiles interceptores ante
la presunción de tratarse de una incursión aérea cubana, silenciándose todo
después al descubrirse el trágico error; añadiría yo que entonces por medios
indirectos la misma inteligencia militar norteamericana pudo haber dado pábulo
a los rumores de OVNIs para confundir y desviar la atención pública de los
motivos reales. Extrapolando, puedo entonces suponer que buena parte, sino toda
la leyenda y saga del Triángulo de las Bermudas podría haber sido una operación
de contrainteligencia, una hábil y eficacísima mascarada para ocultar toda
acción bélica ultrasecreta en la zona, todo accidente fortuito, toda agresión
con contenido político más que militar contra el régimen de Castro. Total,
cualquier cosa extraña que ocurriera podría ser achacada a los
extraterrestres. Es más; dado que la prensa no tomaba el asunto demasiado en
serio, el temor al ridículo inhibiría a investigadores independientes de andar
preguntando demasiado.
Pero también es cierto que no se despejan así
ciertas dudas. ¿Porqué cae el T-48 y no
el T-43 que lo acompañaba?.Más allá de la dependencia económica, cultural y
política que teníamos con el gran país del Norte por aquellas fechas, ¿no
hubo ninguna filtración de información
de esta segunda tripulación aún en décadas posteriores?. ¿Porqué habrían
de disparar si no estaban en cielo yanqui?. Por más que el intento de evitar
los comunes frentes de tormenta llevara a los aviones a alterar el plan de vuelo
asignado, ¿se disparó sin más ni menos?. ¿No es lógico suponer que de ambas
partes se habrían hecho todos los intentos radiales posibles y buscado
establecer contacto visual antes de atacar, a sabiendas de que si esa presunción
–la de la invasión soviética a través de Cuba- fuera cierta, el derribar
sus aviones fuera del espacio aéreo estadounidense sería la excusa ideal para
tomarlo como un acto de guerra, con consecuencias imprevisibles?. Y, finalmente,
¿cómo en épocas de libertad periodística donde tantos colegas gustan de
resucitar “misterios” del pasado reciente y reinvestigarlos, donde las
revistas suelen ocupar páginas rememorando asesinos de principio de siglo,
huelgas sindicales de la década infame,
catástrofes inexplicadas o escándalos naufragados tiempos ha en las procelosas
aguas de los tribunales argentinos, a
nadie se le haya ocurrido repasar este
episodio buscando protagonistas que al paso del
tiempo aportaran sus recuerdos?.
Era poco antes de las dos de la madrugada de ese 19
de julio de 1968 cuando un amplio sector que cruza el arroyo Tapalqué, en las
cercanías de Olavaria, provincia de Buenos Aires, fue iluminada por un amplio
resplandor, acompañado de un extraño zumbido cada vez más intenso. El cabo
principal Menéndez, que en ese momento procedía a relevar a su compañero de
guardia del Regimiento 2 de Tiradores de
Caballería Blindada “General Paz” advirtió, asombrado, el raro fenómeno.
Apresuradamente, con otros testigos más, informaron al oficial de servicio.
Armados
con ametralladoras PAM y un jeep descubierto, se dirigieron al lugar del hecho.
Una vez allí, comprobaron con sorpresa y a pocos metros de altura, las
evoluciones de un objeto ovalado, plano y con patas cortas en los bordes, que
emitía destellos multicolores a su paso.
De pronto, con movimientos inteligentes y a una
vertiginosa velocidad, giró en forma vertical al terreno, para aparecer
momentos más tarde a espaldas del sorprendido grupo, o sea, interponiéndose en
su camino de retorno hacia la guardia, posándose cerca de unos arbustos detrás
de la pista de aterrizaje de aviones que utiliza la fuerza militar en ocasiones
de emergencia (otras versiones indican que lo hizo en la pista misma).
Hay
que aclarar aquí que este tipo de pequeñas diferencias en un caso tan
asombroso es aceptable debido al grado de excitación de los testigos.
Al
dar un giro de 180º sobre sí, los efectivos militares, -siempre según los
oficiosos informantes- se encontraron con que junto a una extraña nave de color
ahora plateado, que había mermado su extraordinaria luminosidad, estaban
parados tres seres de aspecto humanoide que medían más de dos metros de altura
y llevaban puestos plateados uniformes. Estos, con pasos lentos, dando la
impresión de poca estabilidad por sus bamboleos, hicieron cierto ademán de
avanzar sobre la comisión. Y, en una reacción previsible ante la nerviosidad
existente en el grupo, el cabo Menéndez habría apretado el gatillo de la PAM
que tenía a cargo, alcanzando a disparar cinco tiros contra los ocupantes del
OVNI.
Estos
desconocidos entonces habrían alzado una mano, mostrando una pequeña bola
iluminada, sintiéndose todos los testigos invadidos por una sensación de
desgano y cansancio, incapacitados de volver a usar las armas, sin llegar a
determinar si esto se debió al trastorno psicomotriz que les afectó.
De
acuerdo con las versiones, todas coincidentes, los seres se habrían dirigido de
nuevo hacia el objeto, sin demostrar en absoluto que los proyectiles disparados
contra ellos hubiesen hecho efecto alguno, introduciéndose en el artefacto y
reanudando el viaje con un despegue a gran velocidad. Recién entonces la comisión
militar parece haber recuperado las facultades y retornó a Olavaria para
relatar a sus superiores el fantástico suceso. Se encontraba de guardia el
mayor Catani y, en ese entonces, era jefe de la unidad el teniente coronel Luis
Máximo Prémoli.
Este
caso es especialmente interesante, por tres razones fundamentales:
1)
El
testigo: Capitán
Hugo Francisco Niotti, oficial de aeronáutica que a la fecha del suceso (3 de
julio de 1960) prestaba servicio en la Escuela de Suboficiales con asiento en Córdoba,
y que dirigiéndose al pueblo de Yacanto observó un cono oscuro, horizontal al
suelo, de velocidad de cinco a siete kilómetros por hora, y una aceleración
final rápida que lo llevaría a unos doscientos kilómetros por hora en tres
segundos, y a una altura de diez a quince metros. Obtuvo una fotografía con película
de 35 mm, de 21 DIN, con diafragma de 2,8 y 1/60 de segundo de velocidad,
distancia en infinito.
2)
El
primer análisis: Realizado
en agosto de ese año por técnicos fotógrafos del Servicio
de Informaciones de Aeronáutica. Dice en sus párrafos sobresalientes:
“...
Del examen efectuado se desprende que el
proceso de revelado de dicho negativo ha sido normal, pudiéndose afirmar, sin
lugar a dudas, que existe el registro de un objeto que bien puede estar
relacionado con lo expresado por el nombrado oficial. En cuanto al hecho de
aparecer más oscura la base del cono –más oscura que el color gris o
parduzco que el capitán Niotti observó en el objeto- podría atribuirse, en
principio, a sensibilización de la película fotográfica por influencia de
radiaciones no comprendidas en el espectro luminoso y de naturaleza desconocida
”.
3)
El
análisis final: Fue
efectuado por una institución norteamericana, denominada
GSW (Ground Saucer Watch) que ha
desarrollado un programa para el análisis computarizado de fotografías de
OVNIs a partir de sistemas de ampliación y refuerzo de fotografías
satelitales. Este programa resolvió en colores los “pixels” o células
fotográficas de la placa original y analizan, por orden; densidad del objeto,
temperatura del mismo, análisis espectrográfico, tamaño real y distancia a la
cámara. De este análisis se desprende que Niotti fotografió un aparato
autopropulsado voluminoso, sumamente denso, constituido por aleaciones
indeterminables y con un sistema de impulsión no convencional, ya que se
manifiesta –a la computadora- con una periferia fuertemente energética que no
puede identificarse con ninguno de los sistemas de traslación conocidos.
¿Qué
estamos investigando?
La
preocupación es compartida por todos, organismos civiles y Fuerzas Armadas. No
sería extraño que alguna vez se juntara lo mejor de ambas partes para
acercarnos, aunque sea sólo un poco más, a la gran búsqueda del hombre: el
conocimiento sobre lo que hay
más allá.
La
información que voy a adelantar en estas líneas todavía está calificada de
confidencial, razón por la cual no reproduciré los nombres de sus
protagonistas.
Los
cinco casos en estudio ya han sido verificados y las fuentes consultadas al
respecto son absolutamente confiables.
El
primero de los casos ocurrió a mediados de abril de 1982, durante el conflicto
bélico angloargentino en las islas Malvinas. Tres oficiales del Ejército se
desplazaban en un camión Unimog en las cercanías de Comodoro Rivadavia,
provincia de Chubut, cuando el motor comenzó a fallar sin una causa evidente.
Era noche casi plena cuando los reflectores del transporte militar iluminaron a
tres seres de aspecto humanoide.
Para tener una mejor idea de las características de
estos seres, la descripción hecha por el personal militar a sus superiores los
hace coincidentes con lo que en ovnilogía conocemos como Tipología I, es
decir, pequeños, de alrededor de un metro de estatura y cráneo
hiperdesarrollado.
Al notar la presencia del vehículo, éstos subieron
a un objeto similar a una nave que no emitía ninguna luminosidad, suspendida en
el aire a pocos metros del piso, haciéndolo por un
“tubo” o “pasillo” de luz que
sorprendía y lentamente salió de la parte inferior del OVNI. Flotaban en y por
él, y en pocos segundos una especie de puerta-trampa los hizo desaparecer de la
vista de los atónitos uniformados. De inmediato la nave se alejó hasta
perderse de vista.
La
segunda historia tiene una amplia conexión con los sucesos relatados en Bahía
Blanca y el litoral marítimo bonaerense, ya que ocurre en cercanías de la base
aeronaval de Punta Indio. Por lo que tengo entendido nunca fue revelado hasta
ahora.
Corría
el año 1963, cuando en una de las muchas apariciones de OVNIs en la zona, un
avión Gloster Meteor se encontró en vuelo con un platillo volante. El contacto
radial con la base se hizo bastante dificultoso, pero ambos objetos –al
principio separados por una distancia considerable- eran captados con claridad
por el radar.El OVNI representaba una mancha mucho mayor en la pantalla. En un
momento dado, ambos “ecos” comienzan a acercarse peligrosamente hasta que,
para sorpresa de los técnicos militares de la torre de control, las dos
“manchas” en la pantalla se convierten en una sola, que sale impulsada a
gran velocidad fuera del alcance del radar.
Durante
largo tiempo se intentó rastrear al avión desaparecido, pero el misterio más
absoluto envolvió el destino de la máquina y el piloto.
Existe
la evidencia física proporcionada por el radar, que según se comprobó después
funcionaba correctamente. Si bien en este sentido los informes son algo
confusos, un campo de nubes –que el piloto había atravesado antes de ver al
objeto volador no identificado- impedía todo contacto visual desde tierra.
Lo sorprendente es que los militares suponían que al
juntarse los “ecos” en la pantalla se debería haber producido la lógica
colisión. Pero no fue así.
Oficialmente,
nada fue informado sobre este suceso, nada que saliera de lo normal en el caso
de pérdidas de aviones en vuelo. Nunca se supo nada más sobre la máquina y el
piloto e imagino, quizás irresponsablemente, a una viuda resignada recibiendo
una medalla post-mortem, una bandera plegada y una pensión generosa a cambio de
contentarse con un informe rápidamente pergeñado en épocas donde no era muy
saludable cuestionar demasiado a los militares argentinos.
A
principios de la década del ’70 un avión militar “Guaraní”, con cuatro
tripulantes realizaba un vuelo entre Paraná, Entre Ríos, y la base aérea de
Morón, provincia de Buenos Aires, cuando fue virtualmente perseguido por un
OVNI. El piloto recuerda a la nave con claridad, de tipo elíptico que no parecía
tener luz propia, sino “como” reflejada (aunque no supo ser más claro al
respecto de dónde o de qué).
Según el testimonio del protagonista, en un momento
tanto él como sus compañeros de vuelo pierden contacto con la realidad. Esa
falta de conocimiento duró mucho tiempo, hasta que despiertan –doscientos kilómetros
después- y alcanzan a ver nuevamente el extraño objeto alejándose de su
trayectoria.
Surrealista,
bizarro. Espectral. Un avión con sus motores ronroneando atravesando la diáfana
atmósfera junto a un sombrío y silencioso acompañante, con cuatro hombres
inconcientes en su interior, en el interior de lo que, si los alienígenas perdían
el control, sería un metálico y achicharrado ataúd.
Los
únicos recuerdos de esos momentos que conserva nuestro confidente fueron los de
esos instantes previos y finales, ya que misteriosamente, las sesiones de
hipnosis que declama habérsele realizado por exigencia de sus superiores a
efectos de relatar todo lo que hubiera quedado registrado de la experiencia en
su mente subconsciente, no aportó ningún dato. En pocas palabras, su memoria
había sido prácticamente borrada.
Por último este tipo de avión no llevaba piloto automático, entonces, ¿cómo siguió volando a la altura y dirección correctas?.
Para
los ovnílogos memoriosos, este caso recuerda extrañamente el del piloto
privado Carlos Núñez, quien en l978 vivió una experiencia similar cerca del
aeropuerto internacional de Acapulco, México, sólo que en este caso –quizás
por tratarse de un protagonista civil y un ámbito estrictamente aerocomercial-
trascendieron otros detalles, como la grabación que la torre de control hizo
entre ellos mismos y una supuesta inteligencia extraterrestre que
“controlaba” al piloto quien, igualmente inconciente, permanecía en la
cabina mientras dos objetos brillantes acompañaban su vuelo, en un psicodélico
diálogo con los controladores de tráfico aéreo (yo mismo no sólo he
escuchado esta cinta sino la he puesto decenas de veces al aire en mis programas
radiales y televisivos). Hubo otro corolario, el piloto fue durante semanas
sistemáticamente asediado por “Hombres de Negro” decididos a obligarlo a
guardar –como de hecho viene haciendo- silencio sobre el suceso después de
las primeras entrevistas periodísticas a que se ofreció.
Algo
similar ha de ocurrir, entonces, con el episodio siguiente, donde muchos
apasionados enarcarán con extrañeza una ceja, preguntándose si no estaré
re-relatando el conocido caso Valdez, casualmente ocurrido ese mismo año de
1978 en Chile, donde un cabo del ejército trasandino fue secuestrado
literalmente por un OVNI con una extraña aberración temporal. No, no confundo
los tantos; éste es otro caso, extrañamente similar.
Es el llamado “caso de Pampa del Castillo”. Tres
suboficiales del ejército aprovecharon un franco y deciden salir de cacería.
Para quienes desconocen el lugar, Pampa del Castillo se encuentra en la
provincia de Chubut, entre Colonia Sarmiento y Comodoro Rivadavia. Una meseta
desértica, azotada incesantemente por el viento, dónde extrañamente
sobreviven algunos guanacos, ñandúes, pumas y decenas de liebres patagónicas.
En un determinado momento, ya entrada la noche,
observan el desplazamiento de una nave que desprende gran luminosidad y que se
posa cerca del lugar donde estaban. Un sargento sale al encuentro del objeto,
mientras la luz se hace tan intensa que obliga a los otros dos militares a
cerrar los ojos. Cuando los vuelven a abrir, descubren que ni la nave ni su
compañero se encontraban en las proximidades. Lo buscan largo tiempo hasta que
deciden volver a la guarnición a denunciar el hecho a sus superiores.
Tres
días más tarde, a 150 kilómetros del lugar de los acontecimientos, es
encontrado el sargento, caminando bamboleante y sufriendo un tipo de amnesia
parcial. Sometido a largos estudios, su mente se encontraba, en lo que a este
episodio respecta, en un blanco total. ¿Qué había ocurrido en esos tres días?.
Nadie lo sabe.
Una
historia más. Hemos mantenido contacto con un tripulante de un buque de la ex
ELMA (Empresa de Líneas Marítimas Argentinas), que se acercó para relatarnos
un suceso totalmente fuera de lo normal.
La
nave, que surcaba el mar a la altura de Guayaquil, Ecuador, con total personal
argentino a bordo, comenzó a registrar una falla importante en la sala de máquinas.
En pocos instantes más, una gran luz cubrió todo el barco, haciendo que la
noche prácticamente se convirtiese en día.
El capitán, sin esperar más decidió llamar a
zafarrancho, con lo que todos los marinos se pusieron sus chalecos salvavidas y
salieron a cubierta a tiempo de presenciar un espectáculo impresionante:
“Una luz más pequeña se desplazaba en
forma pendular de proa a popa y de popa
a proa”. Este hecho se prolongó por espacio de cinco minutos, hasta que,
de la misma manera que había aparecido, desapareció lentamente, perdiéndose
en el mar.
Muchos
se preguntarán si no se habrá tratado de una confusión con un fenómeno
natural. No lo creo, por la cantidad de información y el largo período de
observación que permite, dominado el temor y la ansiedad inicial, racionalizar
lo que se está viendo, sumado al hecho de que nuestro testigo tiene más de
veinte años de experiencia de navegación por todos los mares del mundo.
Dentro del material que hemos recibido nos llamó
mucho la atención el “Formulario de
información técnica sobre Objetos
Voladores No Identificados – OVNI” , editado por la división
Impresiones de la Secretaría de Marina, Armada Argentina, Estado Mayor General
Naval, Servicio de Inteligencia Naval (sin fecha de pie de imprenta, aunque
infiero, por la tipografía de plomo y la fuente y cuerpo empleada, así por el
estilo general de diseño, que será cerca de 1965). El ejemplar, que obra en
nuestro poder, tiene la numeración 2630 y en su página 1 contiene el siguiente
texto:
“El siguiente cuestionario ha sido
confeccionado de manera que usted pueda dar toda la información que sea posible
con respecto a Objetos Voladores No Identificados que haya observado (se
entiende por OVNI a cualquier objeto en vuelo que, por funcionamiento y características
aerodinámicas así como rasgos insólitos, no esté de acuerdo con proyectiles,
aviones, objetos o fenómenos atmosféricos conocidos). Trate de contestar todas
las preguntas que pueda. La información que usted dé será utilizada con propósitos
de investigación y considerada material confidencial. Su nombre no será usado
sin su permiso, en conexión con cualquier declaración o publicación que se
haga sobre el tema. Este cuestionario, una vez llenado, debe ser enviado a:
Servicio de Inteligencia Naval, Bartolomé Mitre 1465, Buenos Aires”.
Aún
hoy conocemos muy poco del material que la Armada recogió e investigó.
Seguramente debe formar parte de algún archivo, de esos que acumulan
expedientes polvorientos aún clasificados como “secretos”.
En
julio de 1962 un extraño objeto volador descendió hacia el aeropuerto de
Chamba Punta, en la provincia de Corrientes. El director del aeropuerto, Luis
Harvey, ordenó inmediatamente que se despejase la pista de aterrizaje. En unos
pocos momentos un OVNI descripto como “un objeto perfectamente redondo” se
aproximó a alta velocidad. Luego se detuvo y permaneció estable en el aire
durante tres minutos. A pesar de que la Fuerza Aérea había sido alertada, no
fue intentada ninguna intercepción. Pero desgraciadamente, algunos testigos
excitados corrieron hacia el objeto para efectuar una inspección más de cerca
y el plato volador despegó a toda prisa.
Aquél
mismo año, el 22 de diciembre, se llevó a cabo un aterrizaje en el aeropuerto
Internacional de Ezeiza, provincia de Buenos Aires. En la oscuridad previa al
amanecer, un reactor comercial DC-8 de Panagra estaba efectuando su aproximación
para el aterrizaje. Cuando se encendieron las luces del aeropuerto, los pilotos
se sintieron muy asombrados al ver un objeto con forma de disco posado al
extremo de la pista.
Cuando
el capitán llamó a la torre, un controlador de tráfico dijo que aquél
artefacto acababa de aterrizar. Dado que el OVNI estaba bloqueando la pista, el
capitán hizo subir su aparato para iniciar un giro alrededor del campo. Durante
un minuto más el aparato permaneció en tierra, iluminado por las luces de
aterrizaje. Los pilotos del DC-8 esperaban ver cómo los vehículos del
aeropuerto corrían a lo largo de la pista... o que al menos se acercaran
cuidadosamente al disco volador. Pero, sin que nadie apareciera, el platillo se
alzó lentamente y subió hasta perderse de vista.
En 1978m la editorial Cielosur, de Buenos Aires,
publicó el que fuera mi segundo libro, “Triángulo mortal en Argentina”. En
él aventuraba la quizás arriesgada hipótesis que existían en nuestro país
ciertas “ventanas” o “pasajes” análogos, para mí, al aún fascinante
“Triángulo de las Bermudas”. Así, en ese libro volqué mi extensa
investigación sobre el particular, tanto en el terreno –creo que ese año
recorrí más kilómetros que en los diez posteriores de mi ya de por sí
andariega vida- como en archivos propios y ajenos. Y en el mismo, cité algunos
testimonios que militares ya retirados me habían facilitado. Los incorporo aquí,
no solamente por la credibilidad que me merecen, sino porque abren otros capítulos
que no exploraré aquí, platean otros interrogantes que ameritarán
oportunamente extendernos sobre el particular.
El 22 de mayo de 1962, una formación de aviones de
la Armada que volaba cerca de la base aeronaval Comandante Espora, a pocos kilómetros
de Bahía Blanca, observaron a varios objetos no identificados durante treinta y
cinco minutos, en vuelos rasantes cerca de los mismos comandados por el teniente
instructor Galdós.
El
piloto alumno Eduardo Figueroa vio un objeto anaranjado que se movía según un
rumbo oscilante por debajo del horizonte del avión. Intentó perseguirlo, pero
se le escurrió.
El alumno Roberto Wilkinson, volando a cuatro mil
pies, informó que su carlinga fue súbitamente iluminada por un objeto situado
detrás del avión. Un OVNI luminoso pasó entonces por debajo del aparato,
perdiéndose de vista sobre las luces de la ciudad. Durante su observación, la
radio dejó de funcionar.
En tanto, la torre de control preguntaba al
comandante de la escuadrilla si veía algo en el cielo. El interpelado contestó
que veía un disco u objeto luminoso y circular, de color anaranjado y del diámetro
aparente de la luna, a unos treinta grados sobre el horizonte y encima de Bahía
Blanca. El OVNI, entonces, se desplazó hacia el sur, perdiéndose en la lejanía.
El 2 de noviembre de 1963 desde la popa del
transporte de la Armada ARA Punta Médanos
fue vista una enorme aeronave, que no pudo ser identificada. El inmenso OVNI era
redondeado y se movía a gran velocidad. No mostraba luces de posición ni emitía
el menor ruido.
Cuando
apareció la máquina desconocida, las agujas de los compases magnéticos del
buque se desviaron súbita y simultáneamente, apuntando hacia la misma. La
energía que causó esta interferencia electromagnética viene significada por
la distancia a que se hallaba el OVNI que, según el informe de la Armada, se
encontraba a dos mil metros del barco.
Cuando el OVNI desapareció y los compases volvieron
a su posición normal, el comandante del transporte se comunicó por radio con
el comandante en jefe de la Marina de Guerra. Éste se mostró preocupado, al
punto que ordenó al Servicio Hidrográfico que efectuase una investigación a
fondo. La nave se encontraba navegando frente a Bahía Blanca cuando ocurrió el
hecho.
En
mayo de 1973, un avión de combate perteneciente a la base de Puerto Belgrano, a
pocos kilómetros de Bahía Blanca, desapareció sobre el mar sin que jamás se
volviera a saber de él. Lo interesante es que en los dos meses anteriores y dos
posteriores se obtuvieron seis fotografías de cuerpos luminosos que se paseaban
despreocupadamente sobre esa populosa localidad. Casi todos sus habitantes,
herederos de una larga tradición “platillista”, habían visto las extrañas
luces evolucionando en el cielo,, y los comentarios extraoficiales de militares
que informaban que, periódicamente, los radares de la base nominada o los
propios pilotos en vuelo observaban, registraban y perseguían OVNIs, fue
creando un ambiente muy similar a una psicosis. La desaparición del caza fue la
chispa que cayó sobre el barril de pólvora, y la explosión subsiguiente debe
haber reportado beneficios a todos los sectores implicados: a los mercachifles
que se autotitulaban “investigadores de extraterrestres”; a los paranoicos
que afirmaban en algún momento haber sido secuestrados por enanitos verdes
salidos de un platillo volante a punta de pistola láser; a los periodistas que
como enun infernal campo de batalla se cruzaron con fuego a discreción a favor
de uno u otro bando; a los propios extraterrestres, ya que con semejante
batifondo donde todo el mundo parecía estar muy ocupado en pelearse les permitió
atender sus asuntos y desaparecer de escena cuando los actores, extenuados, no
pudieron impedírselo; a los psicólogos, que tuvieron una hermosa oportunidad
de estudiar conductas humanas límites cuando ya todo parecía presagiar una
“masiva invasión de marcianos”; y, por último, benefició también al señor
Eladio Osvaldo Mella, un oscuro comerciante instalado en calle Corrientes al
200, quien abrió al público un mercadito de frutas y verduras bajo el
llamativo título de “El OVNI”, recibiendo un récord de clientela.
Un
avión Lancaster procedente de Inglaterra, que había hecho escala en el
aeropuerto internacional de Ezeiza avanzaba, en esa fría noche del 14 de agosto
de 1965, a través de los claros cielos de la provincia de Mendoza. Su destino
era Santiago de Chile, del otro lado de los imponentes vigías de los Andes.
Alrededor de la medianoche sobrevoló el aeródromo militar de El Plumerillo y minutos más tarde cruzaba la cordillera. Una hora después, a poco de cambiar la señalización del radiofaro argentino al chileno, la torre de control de la capital del vecino país recibe un mensaje:
“Los
instrumentos y el pasaje están en orden. En unos minutos solicitaré
instrucciones para el aterrizaje ”.
Eran las palabras de rutina del comandante de la
nave, y a ellas siguieron las respuestas de la torre, también de rutina.
Sorpresivamente, cuando aún nada hacía prever el
desenlace, las comunicaciones radiales con el Lancaster se vieron afectadas por
una extraña interferencia. Entre chirridos y sonidos disonantes, llegaba, débilmente,
la voz del navegante:
“...algo pasa con los instrumentos, no
podemos orientarnos...” . En ese preciso instante, sobre la creciente
alarmas que se extendía entre quienes estaban a la escucha, irrumpió lo
Desconocido: tres veces, en forma fuerte y clara, una voz de duro acento gritó
algo, desligando torre y avión:
“¡Stendek!...
¡Stendek!... ¡Stendek!...”. Es
una palabra que no tiene significado alguno en ningún idioma o dialecto de la
Tierra. Pero a los radiooperadores que la registraron, les pareció una
imperativa orden dada por alguien a otro alguien. Parecía una contraseña, o la
voz de mando que da comienzo a una acción comando (Supongo que una sensación
similar deben haber sentido los operadores de radio norteamericanos que en la
madrugada del 7 de diciembre de 1941, a todo lo ancho del Pacífico, también
escucharon una dura voz gritando tres palabras: “¡Tora!...¡Tora!...¡Tora”...Se
iniciaba el ataque a Pearl Harbour.).
El
avión había desaparecido .
Durante
tres semanas, aviones y patrullas terrestres chilenas y argentinas, así como
una escuadrilla de pilotos acrobáticos ingleses que se encontraban de gira por
Sudamérica, intervinieron en el infructuoso rescate. Se indagó a los
campesinos en busca de indicios que orientaran hacia el avión, supuestamente
siniestrado.
Las respuestas obtenidas, en un tono que a los
investigadores les hubiera parecido absurdo para algo tan insólito, no tenían
–al menos en principio- relación alguna con lo que ellos buscaban. Los rústicos
aldeanos no habían visto aeronave alguna, pero sí, en días anteriores...
extrañas luces que evolucionaban en el cielo.
Surgió
la hipótesis de que el Lancaster, arrastrado por los vientos, pudo haber caído
al Pacífico. Pero para ello tendría que haber atravesado la zona más
densamente poblada y transitada de Chile, su región central, con corredores aéreos
comerciales constantes y decenas de aeródromos y pistas de aterrizaje. No pudo
haber volado a tal altura como para no ser divisado, ya que habría estallado
por descompresión, teniéndose entonces indicios del desastre. Además, no pudo
haber sorteado las barreras del radar.
También
se pensó que derivó, por la cordillera, hacia el norte o el sur, pero tanto
los controladores aéreos argentinos como los chilenos informaron que cualquier
cuerpo que en esos momentos se desplazara sobre las montañas no podría escapar
a su rastreo.
El
ser que gritó esa orden en ningún idioma de la Tierra. Ningún fenómeno
terrestre capaz de explicar la desaparición del avión. Y, quién sabe, tal vez
ninguno de sus pasajeros y tripulantes, vivos o no, esté hoy en este planeta.