Amazonas Psíquicas
por Marisol Roldán
Amazonas, esas grandes desconocidas del pasado que plagan leyendas de guerreros de la antigüedad. No hay un mito de un héroe antiguo griego, romano o de cualquier otra cultura que no describa el encuentro con ellas. Sin embargo, nadie sabe si existieron realmente, pues jamás se ha encontrado vestigios físicos algunos que indiquen que una tribu de mujeres se aislaron de los hombres con el fin desconocido de crear un pueblo de feroces supervivientes dentro de una mentalidad masculina y de un mundo hecho a medida de los hombres.
Y cuando decimos que no se han encontrado restos de su presencia nos referimos al pueblo y a la pluralidad de esta sociedad, porque de mujeres guerreras o grupos pequeños de ellas si que hay constancia. En 1950 cerca de Ucrania hubo una sorpresa arqueológica al hallarse varias tumbas del siglo IV a.C. La curiosidad radicaba en que las moradoras de los sepulcros eran mujeres enterradas con objetos bélicos: dagas, lanzas, escudos, espadas, armaduras, etc. Eran o habían sido mujeres dedicadas a la guerra. Y eran un grupo de ellas. Cerca del río Volga, en el linde del Cáucaso, túmulos similares con féminas soldado fueron apareciendo, en su interior incluso, además de los restos óseos humanos y las armas encontraron huesos de sus caballos, con los que habrían estado cabalgando en sus incursiones por las tierras húngaras. En Georgia cerca de Tbilisi una tumba del siglo III a.C. mostró los restos de otra mujer guerrera. Y un sin fin de casos similares distribuidos por el globo terráqueo nos habla de un aspecto feroz de las mujeres del pasado.
Vestigios históricos más recientes nos muestran las capacidades gubernamentales de las féminas entre las que destacan magníficas de Egipto: las diosas/faraón guerreras Ahotep, las siete cleopatras y la propia Arsinoe II y su descendiente Arsinoe III.
En el Congo era normal la existencia de mujeres en el ejército nativo, formando regimientos hasta no hace mucho tiempo. La confederación Monomotapa las mantuvo en activo y las adiestró. Un ejemplo de éstas la encontramos en una de sus reinas, Llinga que batalló ferozmente en 1640 contra los portugueses que intentaban invadir sus tierras.
El reflejo de las míticas amazonas quedaba patente en estas otras mujeres de la lucha, sólo que era un débil parecido, al menos con lo que cuentan los historiadores, de lo que fue el pueblo Amazona. Los antiguos las llamaron así haciendo referencia a una particularidad física, una auto-mutilación de un seno que se inflingían para poder manejar de forma más certera su principal instrumento de batalla, el arco. Un elemento de contienda muy apropiado para ellas dado que no requería de fuerza física su manejo, sino destreza de uso y audacia en la puntería, al tiempo que resultaba tan mortal como otro tipo de arma más pesada. La primera referencia escrita aparece en una obra clásica de Homero “la Ilíada” del s. IX a.C. No habla del pueblo en sí, sino de una de sus reinas la ágil Mirina. La guerra de las amazonas contra Troya es recurrente entre los escritos de los griegos. La menciona el historiados del siglo I a.C. Diodoro Siculo, donde se encuentran las amazonas escitas en la ciudad de Tesmiscira cerca del Termodonte. Aunque él habla de otras más antiguas. También las amazonas líbicas originarias de una isla en el lago Tritón cerca de Atlas, donde incluso invadieron a los atlantes, guerrearon con Egipto y con la isla de Lesbos. De Mirina como reina menciona que contaba con un ejército armado de más de 30.000 mujeres a pie y casi dos mil con montura, siendo enemigas aférrimas de otro grupo de amazonas , las gorgonas. Ambas según el historiador fueron derrotadas por el héroe mitológico Hércules.
Otros autores e historiadores las citan como Bión de Proconeso (400 a.C.). Duris de Samos (300 a.C),que menciona que Alejandro Magno encontró amásanos en la India.
Herodoto de Heraclea (400 a.C), Palefato de Abidene (300 a.C), etc. El propio historiador Plutarco vuelve a mencionar las batallas de estas soldados y cuenta que Teseo se enamoró de una de ellas, Antiope. Platón tampoco puede evitar que aparezcan entre sus escritos (“Hemexenus”).
A estas mujeres a quienes los helenos atribuían el culto a Artemisa, la diosa guerrera, según ellos se les debe además la fundación de ciudades como Efeso. Allí realmente hubo un altar a esta diosa custodiado por vírgenes de vida marcial. Sus gráficos sobre cerámicas de la época muestra que eran algo más que un sutil mito entre los pobladores de Grecia, es el caso del célebre vaso donde un Hércules fornido lucha contra la amazona Andrómaca. A grandes rasgos las amazonas griegas eran descendientes de Marte (Ares) dios de la guerra. Fruto de incesto con una de sus hijas, la ninfa Armonía.
Según todos los textos, las raíces de estas mujeres se encontraban en Asia Menor.
Los romanos por su parte recogieron la idea de las amazonas
de mano de los griegos rebautizándolas como Danaidas y construyéndoles una
historia propia. Las hijas del rey de Argos, Dánao, fueron cincuenta y vivían
en una isla donde no existían hombres, porque cuando las obligaban a desposarse
después de la noche de boda los mataban.
A milenios de su posible existencia y mirando desde un punto de vista frío, entendemos que no fueron voraces feministas defensoras de la superioridad femenina. Tal vez únicamente se mantuvieron rebeldes ante unas nuevas leyes que habían cambiado el culto a la gran diosa naturaleza por otros paganos de formato masculino. Unos tiempos a los que temían seguir pues en ellos y sus leyes las mujeres, adoradas en el principio por su papel engendrador, habían sido relegadas a ser meros objetos sociales, exponiéndose continuamente a los vejatorios designios de sus esposos o sus temibles represalias que las trataban no como iguales, sino como seres de clase inferior a los que podían infligir malos tratos sin miedo a castigo penal. En esa búsqueda de igualdad, posiblemente algunos grupos de viudas (con menos categoría aún que las casadas o solteras) podrían haber creado una sociedad paralela a las conocidas, una especie de clan para apoyarse y subsistir, donde la sociedad “normal” no les arrebatase a sus hijos, cuando estos tuvieran la edad de tener utilidad dentro de su pueblo origen.
Y en ese intento de guarecerse de las leyes posiblemente pudieron optar por buscar el anonimato y la protección de lugares apartados a los urbanos, hecho que las pudo llevar a ser nómadas por selvas y desiertos hasta que por fin encontraran un lugar donde vivir.
En la antigüedad tener mujeres entre los hijos no era siempre bien recibido por parte de la pareja, llegando a darse casos en que estos no reconocían a muchas mujeres como sus descendientes, convirtiendo a jóvenes de cuna social normal en seres ilegítimos, que posiblemente también pudieron terminar en las filas de estos pueblos de amazonas.
Unas mujeres que por desgracia o suerte les costaba tener hijos varones con los que satisfacer a sus esposos y repudiadas tras varios intentos también pudieron adherirse al clan de las amazonas. Son meras especulaciones y teorías, pero su razonamiento dentro de la lógica hace pensar que con ellas las mujeres huidas iban también las enseñanzas de la adoración a la gran diosa Tierra y los conocimientos de la magia y la adivinación , al tiempo que los conocimientos ancestrales del uso de las hierbas curativas que desde antaño habían manejado las mujeres.
Las versiones griegas nos dibujan la idea de que no sólo eran entrenadas como soldados, sino que se les permitía casarse cuando mataban a un enemigo, quedándose muchas (según Herodoto) solteras por no poder cumplir esta misión asesina. En las tribus la mayoría eran vírgenes pues casadas podían optar por dos opciones: si tenían una hija y querían regresar al clan podían hacerlo y en el caso de tener un hijo, si querían regresar debían entregar a crianza a su hijo a la protección paterna (Historias, libro IV). Dado que el sentimiento de maternidad era profundo, muchas de ellas una vez casadas no regresaban, por lo que cada vez eran grupos de vírgenes más numerosos y jóvenes lo que pudo haberlas llevado al exterminio como pueblo, al terminar mezclándose con pueblos heterosexuales. Tal vez de ahí proceda la idea de ver en las tierras de las amazonas los “reinos de las jóvenes vírgenes guerreras”. Pero, ¿dónde habitaban?. Por la extensión de su leyenda entre diversas culturas coetáneas se debe imaginar que no hubo sólo un clan de mujeres amazonas, sino varios y que se extendieron como pequeñas sociedades secretas en la zona indoeuropea, Asia y probablemente por las selvas africanas, sin olvidarnos de que los indios americanos también las mencionan por lo que suponemos que en el joven continente también surgieron. O al menos eso nos hace ver los diarios de Cristóbal Colón donde afirma que en su viaje a través de las Antilla encontró a mujeres guerreras aisladas de hombres.
No todas debieron ser expertas guerreras o amazonas, y seguramente muchas no conocían técnicas bélicas más allá de la defensa. Aunque sean estos clanes más luchadores los que ganaron rellenar renglones entre los mitos. Para sus lugares de hábitat, al no ser expertas constructoras por su carencia de fuerza masculina, pudieron haber seleccionado edificaciones naturales, donde morar, enclaves idílicos donde el agua fuera abundante y existieran zonas de refugio donde guarecerse en caso de urgencia como cuevas o selvas. Pero en todo caso posiblemente tras años de aislamiento entendieron que necesitaban de relacionarse con otros pueblos de género mixto para comerciar e incluso reproducirse, con los que seguramente tuvieron contactos anuales o periódicos.
El rey inglés Alfredo el Grande (s.IX) menciona el reino de Magdala situado cerca de las walkirias, morado por féminas exclusivamente. Sobre ese lugar del báltico otro personaje histórico , el árabe Ibn Yacoub, un cronista y aventurero las sitúa en 972.
Los malasios hablan de que en la isla de Engano, Sumatra, se escondían mujeres guerreras. Marco Polo las ubica dos islas indias cerca del reino de Khesmakoran, sólo que él habla de que una estaba habitada por mujeres y la otra por hombres, ambas sociedades se encontraban anualmente en fiestas para la fertilidad. Las mujeres concebían y tenían a sus hijos varones hasta la edad de doce años, tiempo en el que ya como hombres volvían a la isla de sus padres. Cuando los conquistadores llegaron a Brasil escribían en sus crónicas la idea de que aquellas tierras según los nativos habían estado originadas por tribus de amazonas, de ahí el nombre de uno de los ríos de más longitud y caudal del mundo, el Amazonas. Pero nunca se pudieron encontrar rastros más allá de los simbólicos sobre petroglifos, como los encontrados en otro continente, el europeo. Concretamente en Anatolia a principios de siglo XX, unas curiosas figuras del paleolítico (7200-7400 a.C) donde unos restos escultóricos y pictóricos rupestres de estas tribus señalaban la existencia de clanes de matriarcado femenino y ciudadanos únicos de este sexo, adoradores de un Diosa “Mater” . Y cuyas miembros eran las portadoras de la voz de esta deidad femenina, recogiendo suma importancia entre el resto de tribus paleolíticas, ya que esta diosa era la generadora de los ciclos vitales de la naturaleza y de las especies que en ella habitaban, basando su reinado en las fases lunares y teniendo el poder sobre la muerte.
Y es en este apartado donde comenzamos a plantearnos esos grupos femeninos como algo más importante y profundo que una simple existencia marginal a la sombra de otras sociedades. Estas primeras ginecocracias eran más de cariz religioso que no político. Las sacerdotisas pudieron ser las herederas y las comunicadoras directas con esa diosa Mater, originadora de vida en nuestro planeta. Antes de la llegada a los cultos acuarios y solares, la naturaleza se entendía de una forma más global, donde los dos últimos eran una simple parte de la Gran Creadora “Gea”. De estas ideas ya habló un estudioso y jurista suizo a mediados del siglo XIX, Johann Jacob Bachofen, en su libro Das Mutterrecht. Según él las primeras tribus se basaban en este matriarcado, y aunque si bien es cierto que la base antropológica de este hombre era muy rudimentaria, la ciencia actual va revalidando sutilmente sus creencias basadas la mayoría en las fuentes de historia antigua. Hasta no hace mucho estudiar la existencia de estas mujeres guerreras era como un tabú, pues erróneamente se les ha tachado como lésbicas y por su puesto la puritana ciencia ortodoxa no entendía que no podía ser así, ya que necesitaban del otro género para reproducirse. Y tampoco se trata únicamente de estudiar a un grupo de feministas que rehusaron a ser inferiores a los varones de su especie, porque lo único que demuestra el mito es que quisieron defenderse e igualar sus derechos a ellos.
Otra cosa es que los grupos gays en la actualidad enarbolen la bandera roja a modo de corbata a imitación de las antiguas amazonas que presumiblemente ataban cintas de este color en sus arcos y alrededor de sus cabezas. Para los antiguos el rojo símbolo del fuego y de la sangre no tenía nada que ver con opciones sexuales, sino con el poder de la vida. Elevar el rojo en sus arcos era un reto a todos aquellos quienes las tenían por impuras por el simple hecho de ser mujeres y menstruar. Para ellas ese defecto no lo era tal, sino un don que las dotaba del poder de la creación como hijas de la gran diosa. Y era a través de ellas que las especies se perpetuaban. El británico Sir James Henry Maine escribe en su ley primitiva la argumentación contraria a Bachofen, donde se indica que la sociedad era patriarcal y la base religiosa matriarcal. John McLennan poco después especifica sobre las tribus primeras que se originaron en dos vertientes: las endogámicas y las exogámicas, la última hace referencia a la costumbre de matar a las niñas entre los antiguos con el fin de que sólo hubiera las suficientes para que esa tribu se procreara, pero no demasiadas para que no se levantaran contra el poder de los hombres.
El filosofo
Engel piensa que el fin de las tribus matriarcales se debió fundamentalmente a
la aparición de la propiedad privada y a la necesidad de mano de obra
productiva (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado). Pero
estos pensadores no se planteaban la existencia de las amazonas guerreras, sino
la existencia de clanes matriarcales mixtos para explicar teorías
evolucionistas de la actual sociedad. Lo que nadie se atreve a decir por ejemplo
es que muchas culturas antiguas e incluso actuales que ejecutan la ley de
infanticidio femenino (hasta hace poco China) a pesar de que den como argumento
el que tener una niña es perjudicial para la economía familiar y su dote es
cara tienen otra realidad histórica añadida, ya que en el pasado cada vez que
el número de mujeres doblaba al de varones, éstas intentaban una política
igualitaria y se rebelaban contra las leyes machistas dando como fruto, sino
grupos de amazonas, si grupos de
guerreras rebeldes. En Japón eran temidas y vivían en las altas montañas.
Eran de raza blanca (inu) y se designaban con el nombre de Niichieju. Sus técnicas
de lucha podían competir con las artes ninja tanto por antigüedad como por
sabiduría.
En realidad han sido pocos los que se han dedicado a observar detenidamente la historia mística de las amazonas quedándose casi todos en la pregunta de si son mito o realidad como debate abierto en los siglos, pero las amazonas sagradas son algo más que un arquetipo de mujer guerrera, mujeres rebeldes o vírgenes adoradoras de una diosa creadora. En ellas se intuyen un trasfondo mucho más esotérico y posiblemente mántico tanto por sus comportamientos como por sus obras, por eso a estas alturas del texto vamos a ver que pueden tener estas damas de amazonas psíquicas.
Como conocedoras de la naturaleza salvaje desde tiempos inmemoriales en tiempos de paz estas mujeres además de entrenarse en el arte de la batalla estudiaban el uso de las hierbas curativas. Las cuales cultivaban o por su condición nómada recolectaban . Unas hierbas que le servían para cicatrizar heridas, darles fuerzas, vencer el dolor físico y posiblemente para entrar en estados alterados de conciencia. Esas mismas recetas naturales les eran de gran ayuda en los momentos del parto, cuyos secretos conocían en profundidad e igualmente tenían conocimientos de unas hierbas o mezclas de ellas concretas para combatir la esterilidad. Entre otras técnicas conocían la cicatrización por cauterización con fuego, la prueba es que su pecho mutilado era tratado de esta manera para no producir hemorragias, al menos eso cuenta Herodoto.
Dado que no era un pueblo donde existiera la propiedad privada, sino el patrimonio común pocas eran las que se dedicaban al cultivo o tareas agrícolas, por eso las hierbas medicinales les eran moneda de cambio con otros pueblos con los que excepcionalmente mantenían contactos comerciales. Hay que pensar que tampoco dominaban la minería, cuyos frutos como hierro les eran precisos para fabricar útiles y sobre todo armas, como es el caso de las puntas de lanza o flechas. Auto-subsistentes habían desarrollado instinto de cazadoras, por lo que su olfato y sentidos visuales como olfato y oído debieron estar activados en grado sumo a fuerza de entrenamiento. Como sucede en otros pueblos del mundo primitivo, el comunicarse con débiles señales que no alertaran de su presencia al enemigo, debió ser lo más común. Observación que aún hoy se puede ver entre pigmeos o aborígenes australianos que han llegado a perfeccionar métodos de comunicación simbólica curiosísimos. Esta comunicación simple y a la vez sutil y completa podría haber generado una especie de lazo psíquico entre las miembros del clan, donde la intuición tenía un papel crucial. Una observación de esta naturaleza que les rodeaba les pudo haber llevado a las más adelantadas a ser buenas psicólogas de su propio alrededor. Adentrándolas en el mundo de la apantomancia, es decir, que pudieron ser capaces de adivinar o presagiar cosas con la información obtenida por objetos surgidos de improviso, por ejemplo la aparición de una liebre, un gato negro, un águila, un ciervo, una brizna de hierba seca, rocío, etc. Su condición de excelentes navegantes las debió obligar a conocer la astronomía de su época y su condición de mujeres les hizo crear un mundo a su medida basado en las fases lunares, es decir en periodos de 28 días.
Dicen que las antiguas comunas medievales de brujas provenían de la tradición mágica hebrea donde las enseñanzas partían del Talmud y la Cábala. Sin embargo aunque esta es la opinión general, en cierto modo encontramos que estos colectivos, en su mayoría mujeres podrían proceder al menos una porción pequeña del recuerdo de sus antecesoras, las amazonas. Sólo que éstas aplicaban sus conocimientos adaptados ya a una sociedad heterosexual y tras la dura crítica medieval hacia ellas terminaron por hacerlo de forma secreta. Pero si ahondamos en las raíces de grandes brujas antiguas entendemos que esta herencia de poderes se ha transmitido de generación a generación de forma matrilineal y de la misma forma, sólo que oralmente se transmitía los conocimientos y las experiencias sufridas en esa línea de mujeres, donde lo típico era que la originaria de cada familia hubiera entroncado o tuviera parentesco (real o ficticio) con alguna gran amazona.
Desde luego si estas primeras amazonas míticas eran psíquicas, lo suyo era un don más que innato adquirido. Su precognición era una previsión de probabilidades. Es decir habían adiestrado al inconsciente para que razonara de alguna manera para hacer previsiones intuitivas. Es decir habían ahondado en la zona de las facultades psíquicas pero sólo de forma superficial la mayoría de ellas, lo suficiente como para que su clan sobreviviese. Algo similar a lo que los insectos de sociedad matriarcal hacen. Un roce de antenas en las hormigas o un olor de otra compañera les hace saber algo intuitivamente al resto de la sociedad. Semejante a lo que acontece en un panal donde un zumbido imperceptible puede alertar de peligro o avisar de ricos pólenes a los integrantes de esa especie. Y ambos grupo de insectos que hemos utilizado de ejemplo entendemos que además están tutelados por una gran creadora que hace que todos tengan rasgos consanguíneos comunes y cuyos machos una vez han hecho su trabajo copulador son innecesarios. No sabemos si las amazonas humanas llegaron a la antropofagia, como otros muchos pueblos antiguos, pero desde luego no cabe duda que guardan un increíble parecido en su estructura social con ambos tipos de insectos.
Y volviendo a los animales en cuestión, éstos no atacan
salvo en caso de defensa de dos formas: en grupo o con aguijón . Las amazonas
seguramente observaron a estos en esa naturaleza primitiva que las rodeaba y
donde intuían a su diosa creadora y protectora.
En la versión griega, la diosa Atenea a la que las mujeres adoraban, se presenta un caso a tener en cuenta escondido en el mito de su nacimiento. Nació de Zeus como la mayoría de dioses del Olimpo, pero fue la única que nació adulta y que además no nació de mujer, sino de hombre, exactamente de la cabeza de su padre Zeus. Era diosa de la guerra pero no disfrutaba de ella como el dios de la guerra, Ares. Prefería ganar las contiendas con la razón. Y en tiempos de paz se dedicaba a las artes y a la agricultura. Era además la protectora de la familia y la dadora de voz a la mujer griega. Se dice que era una de las pocas diosas que se mantuvo virgen. Por herencia materna (sabiduría) se convirtió en una consejera ejemplar para los ejércitos de Zeus en la lucha contra los gigantes, venciendo a Poseidón que intentó conquistar Atenas. Si recurrimos a los antiguos mitos en busca de otras circunstancias donde las mujeres fueron tocadas por los dioses nos encontramos con que al principio de los tiempos para los hebreos, los hijos de los dioses bajaron hasta una isla habitada por las hijas de los hombres y cohabitaron con ellas, ¿qué hacían mientras los varones de esa isla?, ¿por qué no defendieron a sus hijas?. Tal vez, porque en aquella isla, ¿únicamente vivían mujeres?, ¿quiénes las habían aislado o por qué esa búsqueda de soledad social?...tal vez eran esas hijas de los hombres una de las islas habitadas por vírgenes guerreras...¡amazonas!. O tal vez serían unas de esas islas donde moraban las mujeres sin hombre o mujeres solas. En Colombia se conocen tribus indias que aislaban a sus viudas o mujeres estériles despechadas de sus maridos. Se las conocía con el nombre de “Cuñantainsecuima” o “Aiheam-benarió”. Tuvieron que aprender a usar arcos y flechas, a pesar de proceder de pueblos pacíficos, por un motivo concreto, defenderse de sus propios hombres y de las incursiones que estos hacían hasta sus asentamientos con el fin concreto de utilizarlas sexualmente. A ellas se les unieron las mujeres que no querían casarse. Oviedo p.151 to.3 : ”En aquella tierra (Colombia) acostumbraban las mujeres que no querían casarse traer arcos y flechas como los indios y van a la guerra con ellos, e guardan castidad”.
El capellán y cronista de Francisco de Orellana , fray Gaspar de Carvajal dio el nombre al río amazonas porque al llegar ellos allí estaban asentadas unas nómadas guerreras (1542). En sus crónicas además de detallar que eran hábiles con las armas ligeras y blancas hace mención del gran conocimiento que tenían estas mujeres en la utilización de las hierbas para remedios curativos. Pero nadie sabe dónde vivían realmente esas mujeres y salvo la excepción de Orellana, pocos conquistadores pudieron verlas con sus propios ojos. Según el padre jesuita Juan Rivero (p.17 de su crónica) las sitúa entre el río Meta y el Orinoco, justo en una isla donde los hombres no tenían acceso.
La zona del Amazonas ha estado habitada desde hace miles de años y en esos espacios de tiempo los habitantes de la región habían estudiado y empleado las plantas medicinales con suma pericia. Al mismo tiempo que habían desarrollado una religión que además de los dioses poderosos tenía como concepto base la existencia de una energía cósmica que lo envolvía todo dentro de la creación y con la cual todos los seres estaban unidos a pachamama, la madre tierra. Los hombres podían ser grandes chamanes e iniciarse en los senderos de comunicación con esta energía. Pero era la mujer la heredera del verdadero poder chamánico y la que transmitía a sus descendientes el “don”.
Según Franz Anton Mesmer, uno de los introductores de técnicas de hipnosis en Europa, esa energía existía e invisible lo rodeaba todo, incluso los espacios vacíos. Basándose en unas ideas no muy científicas y duramente criticado por ello, Mesmer hablaba de que era posible captar esta energía en forma de fluido, para lo cual sólo deberíamos prepararnos y comenzar a sentir la porción de ella que hay en nosotros mismos. En cierta manera Mesmer hablaba de que esa energía que ya empleaban los indios eran base de la metafísica o paraciencia y podría explicar los dones que poseen ciertas personas o terminar por ser controlados por cualquiera que se planteara seriamente instruirse en su manejo. Y las amazonas por necesidad, en sus tiempos tuvieron necesidad de este adiestramiento espiritual o energético además del físico. Pudieron haber desarrollado ese sexto sentido o sensibilidad oculta de la que hablaba Charles Robert Richet, galardonado en 1913 con el premio Nobel por sus estudios sobre la anaphylaxis, en su intento de explicar los poderes del hombre y su mente. Ya que no se trataba de adquirir un nuevo conocimiento o facultad en el hombre, sino de desatrofiar un sentido primitivo que como indicábamos poseen desarrollado en extremo ciertos animales o insectos.
Ahora bien no se trata de perder el hilo a lo comentado de las amazonas con anterioridad, sino de intuirlas en el completo de lo que pudieron haber sido. De ahí que algunas de sus reinas dotadas con facultades de clarividencia, enamoraron a grandes héroes antiguos o los guiaron en batalla con su oráculo y sentido de la guerra.
Las mujeres actuales tenemos unos 1235 gramos de cerebro, cien menos que los hombres. Somos más emocionales y nuestro lóbulo cerebral derecho por lo tanto es más activo. Aquellas mujeres, amazonas, tuvieron que ejercer de hombres, así que no es descabellado pensar que sus cerebros terminaran por activarse, sino por igual, si mucho más que las mujeres socialmente pasivas que las prosiguieron. En está activación de ese hemisferio pudo ir incluida la zona que controla capacidades intuitivas y también precognictivas, pongámosles el nombre de telepatía (una de tantas partes de la criptestesia “sensibilidad oculta” de los humanos).
Sea como fuere el pasado se llevó su total secreto y la verdad de su mito. Si fueron simples viudas abandonadas, grandes guerreras rebeldes o por más imaginación, grandes dotadas psíquicas, nunca lo sabremos porque supieron ocultar su huella en la historia que escribieron los hombres y pese a ellos son citadas constantemente como un pueblo que se hizo fuerte así mismo. Sólo unas tumbas con restos de armas cerca de Turquía, alguna reina africana, asiática o india las copiaron débilmente y las rescataron del olvido, para que ahora en el futuro muchos nos sigamos interrogando sobre ellas y sobre todo ya no sólo por lo que fueron, sino hacía dónde marcharon tan sigilosamente ...tal vez simplemente como hijas de los hombres se marcharon con sus esposos venidos de los cielos para crear junto a ellas descendencias de gigantes. Hipótesis, como podemos apreciar, muchas, pero la interrogante principal sigue sin despejarse...