ÁRBOLES MÁGICOS
Un esoterismo enraizado en la naturaleza
Por Alex Muniente
Durante siglos, la humanidad consideró al entorno forestal como depositario consciente del poder y misticismo ocultos. El desarrollo técnico e ideológico, sin embargo, arrinconó aquel saber ancestral en favor de un discutible progreso que amenaza con extinguirlos. Este milenio recién estrenado ha traído consigo varias iniciativas dispuestas a recuperar dicha tradición, antes de que sea demasiado tarde.
Cuando se echa un vistazo al pasado, resulta inusual descubrir una cultura que viviera ajena a los árboles. Sin ir más lejos, la mitología nórdica imaginaba al mundo reposando sobre Yggdrasil, el fresno gigante que abarcaba desde la bóveda celeste (residencia de los dioses) hasta las profundidades infernales. A otro nivel, en la propia Biblia figuran no pocos incidentes relacionados con dichas entidades, empezando por el célebre árbol del conocimiento que tantos problemas dio a Adán y Eva.
Asimismo, antiguas civilizaciones como la babilónica o la egipcia ensalzaron sus propiedades terapéuticas. La palmera datilera, en la ribera del río Tigris, o las ramas de los Álamos que crecían en las primeras etapas del Nilo fueron reverenciados de la misma manera que los melocotoneros en China. Según las respectivas creencias, permanecer cerca de los mismos (o ingerir sus frutos) aseguraba una larga longevidad. O cuando menos, permitía una más que saludable fecundidad.
Más concretamente, los sabios chinos creían entrever en los árboles "la sustancia del alma" a través de su savia. Diversos estudiosos de dicha cultura, como W. De Groot y Ch. Visser, sostenían en sus obras que el pino y el ciprés fueron objeto de una peculiar adoración en virtud de sus hojas perennes. Al margen de la estación anual, el hecho de que siempre apareciesen floridos daba pie a interesantes postulados acerca de sus propiedades gerontológicas.
"El jugo de Pino, cuando se consume mucho tiempo, aporta vigor corporal y aleja el envejecimiento" auguraba un vetusto documento. Un segundo consejo, bastante radical, indicaba que las ramas de dicho árbol cuya antigüedad superaran los 3.000 años servían para alargar la vida otros 500 (¿). Tan sólo cabía recoger su resina y batirla con saña hasta conseguir un polvillo que debía degustarse de inmediato. Por desgracia, el problema estribaba en encontrar un ejemplar con tanta longevidad, puesto que el escrito en absoluto aportaba indicaciones al respecto.
Al mismo tiempo, el ciprés merecía una atención similar gracias a sus cualidades vigorizantes. Sus semillas, convenientemente tratadas, permitían a sus consumidores ganar en fuerza y salud. Ahora bien, para que la ingesta surtiera su efecto cabía seguir aquella dieta en exclusiva durante meses. No obstante, una interrelación superior entre seres humanos y árboles cabe encontrarla en occidente, concretamente entre el mítico pueblo celta. Ellos consideraban las arboledas un santuario o lugar protegido sin parangón con los demás enclaves geográficos.
Druidas arborícolas
"Los celtas tienen por mayor veneración al muérdago" escribía el pensador latino Plinio el Viejo "pero todavía más al árbol donde crece, como el roble". Además de su vocabulario, coincidente con la apariencia de los fresnos y abedules, los árboles proporcionaron a este grupo la pieza clave de su engranaje político y espiritual a través de los célebres druidas. El citado colectivo veía en el bosque el núcleo central de sus rituales, un nexo de unión entre el mundo físico y el "más allá", dado que las raíces se hundían en la tierra mientras la copa se elevaba al cielo.
Bajo la sombra del roble, de quien los druidas toman su nombre, convocaban ceremonias a fin de predicar e impartir justicia cuando procedía. Ni que decir tiene, también allí se reunían con los enfermos para ofrecerles curas. De este mismo árbol extraían su corteza con la cual preparaban baños, aparte de emplear sus hojas para confeccionar ungüentos cicatrizantes. En realidad, el mismo bosque les proporcionaba una amplia farmacopea capaz de mitigar una gran cantidad de males.
A título de muestra, se admite que el tejo y el avellano les eran muy apreciados para la confección de cataplasmas, tisanas, etc. En cambio, aquellos asuntos que requerían una trascendencia especial se sometían al manzano, cuyos frutos abarcaban mucho más que la mera atención gastronómica. Referente velado de la inmortalidad y el conocimiento, el árbol aludido constituía a su vez la doble representación del bien y el mal, razón que motivaba a los druidas para dirimir asuntos legales.
No deja de sorprender que las Sagradas Escrituras adoptaran parte de la simbología inherente, en particular con el empleo práctico de la manzana, aunque siguieran las líneas trazadas por la filosofía romana. A partir del 70 a. C., este pueblo tan conquistador inició una campaña para erradicar a los celtas en todos los órdenes, bloqueando sobre todo la influencia druídica. La dominación final de las galias, tras la batalla de Alesia 20 años después, supuso el solapamiento de la tradición descrita.
Al respecto, la actitud del caudillo rebelde Vercingétorix a resultas del desenlace de aquella contienda constituye uno de los enigmas más inexplicables que envuelven al mundo céltico. Antes morir que rendirse, entregarse para acabar encadenado por Julio Cesar supuso una decisión impensable que todavía hoy suscita enconadas posiciones entre los historiadores. El escritor francés León Dens, en un libro sobre la cuestión, aborda el asunto desde una perspectiva próxima a los árboles.
En palabras del referido tratadista, Vercingétorix solía pasearse entre los bosques antes de tomar decisiones trascendentales, buscando siempre el consejo de las entidades allá asentadas. Entra en lo perfectamente posible que, inmerso bajo las ramas de sus árboles tan queridos, algo o alguien le "aconsejara" deponer las armas en aras de un bien superior, la salvación de su propia comunidad. Curiosamente, apunta el propio Dens, Juana de Arco escuchó en idéntico lugar las famosas "voces" que le impulsaron a guerrear para liberar a su país del yugo británico.
Decadencia forestal
Acorraladas, pero no derrotadas, las creencias druídicas acabaron por segarse tras el embate del incipiente cristianismo. Bajo la rúbrica de "tradiciones paganas", quedaron relegadas a lugares muy puntuales de la geografía campestre, precisamente donde la religión no acabó por imponerse. A nivel antropológico, festividades clave como el solsticio estival acostumbraban a tener en el árbol un elemento primordial, por ejemplo las fallas de Isil (Lérida).
Las mismas fechas también hacían hincapié en las propiedades mágicas que adquirían ciertos árboles. La víspera de San Juan era pródiga en tales eventos, una noción particularmente difundida por las regiones pirenaicas. Las hernias infantiles podían curarse horadando el tronco de un roble en su sección central, y luego haciendo pasar al afectado a través de la obertura. Los trastornos respiratorios se resolvían creando un lecho con ramas de chopo y pernoctando sobre los mismos hasta el siguiente amanecer.
En el continente sudamericano determinadas etnias siguen hoy por hoy una tónica similar, a despecho de la medicina moderna y la ideología ortodoxa. Los pehuenches andinos veneran a la araucaria, un árbol cuyas semillas machacadas permiten una videncia limitada amén de alargar la existencia. Por supuesto, se han guardado muy mucho de difundir el secreto de los ingredientes empleados fuera de sus círculos sociales internos, y menos todavía se ofrece el preparado a extranjeros.
Una tónica similar muestran los mapuches centroamericanos, quienes creen firmemente en los poderes del canelo o "árbol de la verdad". Se ignora la metodología exacta del proceso, pero ante su presencia ningún miembro de este grupo se atreve a mentir. Quizás la solución del misterio estribe en la capacidad bioquímica de las hojas para detectar la luz y humedad, o bien los flujos de savia capaces de reaccionar ante la presión de un objeto externo, según sostienen los expertos.
Perdida la importancia del bosque entre la población urbana, sus connotaciones esotéricas trascendieron a las artes durante el medioevo y etapas posteriores. Así, la famosa obra "El sueño de una noche de verano", de W. Shakespeare, transcurre en el interior de un bosque donde un duendecillo descarriado juega con las pasiones de cada personaje abusando de los poderes que emanan de los árboles. Por su parte, la "Flauta Mágica" de Mozart enfatiza desde el primer acto los secretos que moran en la arboleda, custodiados por un dragón.
Ecología militante
Hay que remontarse a la era contemporánea para evidenciar la recuperación de la sensibilidad en pro del árbol (véanse los recuadros junto al texto), pero también del peligro que entraña la contaminación industrial. El reciente anuncio del presidente estadounidense G. Bush Jr. de ordenar una tala masiva para impedir incendios (sic) constituye el siguiente paso de una superpotencia que por si misma genera el 25% de la polución mundial. De nada ha servido que la ONU declarara el 21 de marzo Día Mundial de la Forestación.
A otro nivel, las iniciativas ecologistas han permitido salvar hasta la fecha zonas no demasiado extendidas que ya estaban condenadas de antemano. Un botón de muestra proviene de las asociaciones galas, capaces de fotografiar los árboles más comprometidos enviando copias a las autoridades, avisando de que si nadie resolvía la situación, se realizarían contracampañas electorales. La aseveración escaparía a la temática ocultista, ciertamente, pero demuestra hasta qué extremos cabe llegar en la actualidad para salvaguardar un patrimonio.
Intenciones similares persiguen las corrientes "neo-druídicas" establecidas en EE.UU. y Europa, patrocinando programas de reforestación a espaldas de la administración pública. Para dichos representantes, poner al día la herencia cultura céltica presupone adoptar medidas insólitas que apenas guardan relación con la divulgación de sus actividades. "Todo es un viaje personal de conocimiento, de ahondar en la sabiduría cultural. Los árboles forman parte del recorrido" apuntan vía e-mail los delegados de la orden inglesa de Bardos, Vates y Druidas.
Desde su punto de vista, el árbol sirve de elemento conciliador o de equilibrio, si se prefiere. Las enfermedades, las tensiones sociales o los sentimientos negativos pueden superarse mediante la presencia del árbol correspondiente. No en vano, se les admite una inteligencia que les permite evolucionar sobre el terreno adaptándose a las circunstancias. Por tanto, al proteger un espécimen en concreto, se mantiene a su vez el remedio concreto contra una problemática cualesquiera, inclusive el "mal de ojo".
Paralelamente, la rama norteamericana de los "neo-druidas" se decanta por tesis más radicales, considerando que cada árbol posee una personalidad y carácter intrínsecos que van variando conforme crecen. Es paradójico pensar que los mal llamados chamanes nativos de aquel continente coinciden con este punto, añadiendo que la extrema longevidad les convierte en los seres vivos más antiguos del planeta. "La naturaleza es sabia" nos resume una vieja cita Tahoe "y el árbol, por convertirse en su mensajero, es la criatura más sabia también; escuchémosle".
EL ARTE DE "HACER EL ÁRBOL"
¿Emite cada especie arbórea cualidades que permitan potenciar las facultades físicas y mentales del individuo? En efecto, pero en su debido momento. Así lo consideran quienes integran el club Universal de Amigos de los Árboles, una entidad barcelonesa que lleva tiempo organizando salidas para dar a conocer las cualidades intrínsecas de estos seres. Y de paso, practicar el singular método de "hacer el árbol".
En síntesis, su propuesta consiste en adoptar posturas que reproduzcan la disposición externa de un árbol específico, absorbiendo su energía particular. Aunque no siempre es factible viajar al bosque, la secuencia de movimientos, útiles para todas las edades, permite poner a tono el organismo de una manera creativa y simple.
El referido método supone la culminación de 25 años invertidos por el equipo de investigación Adras en el estudio y observación de diferentes especies. Paralelamente, las excursiones forestales permiten conocer mejor aspectos singulares de cada árbol. "Las salidas tienen por objeto mostrar la vida forestal, inculcando además que son seres vivos y debemos respetarlos" nos advierte Laura Domingo, pionera en la práctica de tan insólito sistema y miembro del citado club.
Así, el pino piñonero potencia el equilibrio interno a la vez que la encina desbloquea los problemas psicológicos. Los cipreses, en cambio, desarrollan la espiritualidad, dejando al sauce el despertar de las capacidades paranormales. Por el contrario, el chopo aporta fuerza física en tanto el tamarisco pone a tono la sexualidad. Naturalmente, "abrazarlos" in situ implica aprovechar su pleno potencial. "Hay un momento en que tú y el árbol os convertís en un único ser" sentencia Laura Domingo.
NEO-DRUIDAS EN LA RED
Por paradójico que parezca, un canal tan alejado de la naturaleza como es Internet se ha transformado en el vehículo ideal para difundir los ideales druídicos. Véase Acto seguido algunas muestras :
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http://druidy.org/La norteamericana orden de Bardos, Vates y Druidas pretende reinstaurar los valores clásicos de la cultura céltica, junto al intercambio de conocimientos y experiencias. También organizan reuniones anuales.
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http://www.druidorder.demon.co.uk/A su vez, la orden británica de druidas ofrece cursos a distancia para todos aquellos que muestren interés por estas tendencias.
http://www.druidas.net
En esta web confeccionada en España pueden consultarse artículos, datos relevantes, noticias y enlaces internacionales, entre otros curiosos elementos.