El Gran Temor de la Humanidad

Por José Manuel Vela

En el año 1977, un habitante de la ciudad de Sevilla, J.Rodríguez, fue atropellado por un autobús. Cuando ingresó en el hospital se le diagnosticó una hemorragia interna debido a las heridas en el bazo y en el páncreas, dándolo por muerto a las pocas horas.

J. Rodríguez fue introducido en el depósito, donde estuvo a 7º grados bajo cero durante cinco días. Al extraerlo de la nevera, J.Rodríguez recobró la conciencia pero no podía hablar ni moverse. Lo estaba escuchando y viendo todo; los lamentos de sus familiares, las conversaciones de las personas que lo estaban amortajando, también pudo observar como lo vestían con el traje de su boda, pero el no podía hacer nada.

El servicio local de pompas fúnebres cedió un ataúd para su entierro, pero era demasiado pequeño ya que J. Rodríguez medía 1,92 m. y los operarios de la funeraria intentaron doblarle las piernas para que entrase completamente en la caja. Viendo que no lo conseguían, decidieron rompérselas, entonces fue cuando este hombre pudo gritar.

Y es que desde siempre el hombre ha tenido mucho miedo a la muerte, pero no al hecho de dejar de existir, sino al momento de la agonía, al momento en que uno deja de estar vivo para convertirse en un cadáver.

Según los expertos, en el momento del óbito se dan una gran cantidad de fenómenos paranormales simultáneamente.

Pero antiguamente, más que miedo a la expiación, se le tenia a ser enterrado vivo, a verse en la caja, sin luz, impotente, sin poder apenas incorporarse unos centímetros, en definitiva a padecer el fenómeno de catalepsia o muerte aparente. En la catalepsia el latido cardíaco desaparece casi completamente y la respiración es muy atenuada, por eso tanto miedo.

Son muchas las tumbas que se han exhumado y se han encontrado a las personas con las manos en el cuello con signos claros de asfixia, boca abajo o de lado, como si después de ser sepultadas todavía hubieran tenido un pequeño hálito de vida.

Para poner remedio a este suceso eran muchas las técnicas utilizadas por todos los pueblos desde el principio de los tiempos y casi hasta nuestros días. En primer lugar, intentaban dar sobresaltos a los difuntos; llamándolos a gritos, echando cera caliente en las partes más sensibles, incluso golpeándolos. Creyendo que estaban muertos, los dejaban unos días atados a campanillas, o a algún tipo de “chivato” que pudiera dar la alarma. Existían incluso los llamados “Asilos de la vida dudosa” también conocidos como casas de muertos donde pasaban un tiempo antes de ser enterrados. En muchas de estas casas se clasificaban los muertos por clase social e incluso se cobraba por entrar.

Otro método para evitar el enterramiento en vida era dotar los ataúdes con sistemas de aviso, bombas para oxigenar, con comida y bebida, un cubo higiénico, las dimensiones del ataúd eran mayores o incluso introducían somníferos para poder dormir en esta situación.

Muchos camposantos eran vigilados día y noche por guardias a la espera de dar la voz de alarma para desenterrar algún cuerpo.

Pero si algo sorprende a día de hoy, es que existen aparatos de resurrección, para dar el aviso de que se esta vivo, un sistema GPS, con batería extra y un número memorizado de aviso automático que se activa con ultrasonido al moverse la persona.

Como decía Alan Poe, “no hay mayor certeza  que saber que vamos a morir”.