Asteroides asesinos

Por Natxo Nuñez

 

El pasado 9 de julio, los astrónomos del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) descubrieron el asteroide 2002 NT7, una roca de 2 kilómetros de diámetro que seguía una órbita bastante peculiar.  Mientras que la mayoría de los asteroides del sistema solar orbita en el mismo plano que los planetas, este asteroide muestra una trayectoria con una inclinación de 42 grados, por lo que la mayor parte del tiempo se encuentra “por encima” o “por debajo” del grueso del sistema solar.  Eso sí, cada 2,29 años, se cruza de lleno en el plano de la órbita de los planetas.  Tras una semana de seguimientos continuos, estos científicos llegaron a la conclusión de que existía una posibilidad entre 250.000 de que el asteroide colisionara con La Tierra el 1 de febrero de 2019. Casi nada.

Al día siguiente, cualquier medio de comunicación que se preciase nos sacudía con la noticia de que un asteroide nos destrozaría el planeta en poco más de 15 años.  La noticia no dejaba impávido a nadie. Unos pensaban que Bruce Willis y la NASA nos salvarían de la destrucción, otros buscarían su túnica para salir a predicar a las calles; más de uno pensaría que cuántas más Copas de Europa podría ganar su equipo hasta la temporada 2017-18.  En muchos reportajes nos saturaban de imágenes de películas sobre meteoritos impactando en las calles de Nueva York o dinosaurios mirando con ojitos de pena un cielo ardiente. Lo que a ningún medio pareció importarle eran las probabilidades de que esto sucediera: 1 en 250.000.

¿Quién no ha jugado o conoce a alguien que juegue a la lotería de navidad?  En este sorteo, existen 66.000 números.  Lo cual implica que si compro un boleto, tengo una probabilidad de 1 en 66.000 de que me toque ¡el gordo! -no ya un premio cualquiera, sino el gordo-, es decir, es casi 4 veces más fácil que me toque el gordo a que ese meteorito impacte sobre La Tierra.  Visto así no parece tan negra la situación.  Y eso sucedió con las noticias; el sensacionalismo vende mucho, pero al final, ante tanto revuelo, la comunidad científica salió al paso explicando no sólo la poca probabilidad de impacto sino la escasa fiabilidad de ese informe, ya que con 17 días de observación dedicados al asteroide y un fragmento minúsculo de su órbita, no se pueden obtener datos concluyentes. Cada día nuevo de observación alejaba con nuevos datos el fantasma de una colisión. Y ahí quedó todo. Ya podemos quedarnos tranquilos, ¿no?  No estemos tan seguros…

 

Nuestro Sistema Solar

Si vamos a considerar a los asteroides como nuestros enemigos, lo mejor será conocerlos. ¿Dé dónde diantre han salido estos pedruscos…?  Empecemos por el principio:  Según la hipótesis más aceptada sobre la formación del sistema solar -formulada por Kant y LaPlace en el siglo XVIII-, hace unos 4.600 millones de años, nuestro sistema solar no era sino una gran nebulosa de gas y polvo que giraba lentamente sobre sí misma.  En algún momento de su monótona existencia, acusó algún tipo de perturbación externa -como la explosión de una supernova, ondas gravitacionales cíclicas de galaxias en espiral cercanas, etc.- que desequilibraron la tendencia expansionista de la nube de gas y la obligaron a contraerse. Al contraerse, comienza a girar cada vez más rápidamente por conservar el momento angular -al igual que una patinadora artística al juntar los brazos gira más rápido que cuando los extiende-. 

Como consecuencia directa de esta rotación, la nebulosa va perdiendo su esfericidad y comienza a achatarse, como si fuera una bola de arcilla blanda en el torno de un alfarero.  Mientras tanto, las pequeñas diferencias de densidad dentro de esta nube hace que las partículas de gas y polvo vayan uniéndose poco a poco por efecto de la gravedad, formando cada vez agregados más grandes y con mayor fuerza gravitacional que a su vez van atrayendo a otros agregados.  Así comienzan a formarse grandes masas (protosol y protoplanetas) que se convertirán en el Sol, los planetas, las grandes lunas y otros cuerpos del sistema solar.  De ahí que actualmente, todos los planetas y grandes lunas del sistema solar rotan sobre sí mismos y orbitan alrededor del sol en el mismo sentido y sobre el mismo plano.

Sol, Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón, con sus respectivos satélites, ese es el sencillo sistema solar “de toda la vida”.  Pero existen en el Sistema Solar muchos otros cuerpos aparte del sol, los 9 planetas y sus lunas. Cometas, asteroides, centauros… y cada año se van descubriendo nuevos objetos que, de vez en cuando, dan lugar a la definición de un nuevo tipo de cuerpo celeste en el que clasificarlos, como es el caso de los centauros, una especie de híbridos entre cometa y asteroide con tamaños que en algunos casos se aproximan a los 1.000 Km de diámetro.

Al principio se pensaba que los asteroides no eran sino los restos de un desgraciado planeta que se destruyó por algún cataclismo, ya fuera por explotar o por colisionar con algún otro cuerpo celeste. Pero la masa total estimada de los asteroides en este cinturón equivale al 0,4% de la masa total de la Tierra, una cantidad insuficiente para formar un planeta -Mercurio tiene el 5,5% de la masa terrestre-. La mejor explicación para este extraño cinturón de asteroides es la siguiente:  los planetas más cercanos al Sol son más densos, de materiales más sólidos.  Esto se debe a que la energía procedente del Sol vaporizó las sustancias más volátiles como el amoniaco, metano o el hidrógeno, arrastrándolas hacia fuera del sistema solar.  Estas sustancias sí podían ser captadas por los planetas más externos.  Estos planetas externos -excepto Plutón, el “bicho raro” de los planetas- no reciben tanta energía solar y mantienen esas sustancias; así que son enormes “bolas” de líquido y gas. Mientras se “solidificaba” el Sistema Solar, ese “planeta perdido”, mezcla de roca y sustancias volátiles se rompía una y otra vez por culpa tanto de la energía solar que evaporaba esas sustancias como de los fuertes “tirones” a los que le sometía Júpiter debido a su fuerte gravedad. Así, ese potencial planeta nunca se llegó a formar, quedando los restos rocosos en una franja entre Marte y Júpiter y yéndose hacia los planetas exteriores e incluso fuera del Sistema Solar las sustancias volátiles.

Desde muy antiguo se han asociado las estrellas con una enorme cola como augurios de grandes catástrofes -o como señales de Dios-. Los cometas nunca han pasado desapercibidos debido a su espectacularidad y majestuosidad pero no ha sido hasta bien entrado el siglo XX que hemos comprendido su verdadera naturaleza, la de objetos del sistema solar muy antiguos.  Los cometas son, básicamente, grandes trozos de hielo y polvo en órbitas muy inestables y que interactúan de manera muy violenta con la materia y energía irradiadas por el Sol, lo conocido como el “viento solar”.  Básicamente pueden distinguirse dos tipos de cometas:  los de corto periodo (una periodo orbital inferior a 200 años) y los de largo periodo (superior a los 200 años).  Simplificando enormemente podría resumirse que los de corto periodo son “miembros del sistema solar” por estar dentro de él, y los de largo periodo son “visitantes que entran y salen”. Los de corto periodo se formarían en una región con forma de disco conocida como “cinturón de Kuiper”, que se encontraría pasada la órbita de Neptuno.  Los de largo periodo se forman en una región esférica conocida como “nube de Oort” que englobaría todo el sistema solar, extiendiéndose hasta unas 50.000 veces la distancia de la Tierra al Sol. Los primeros cometas -como el Halley, que nos visita cada 76,09 años- orbitan en el mismo plano que los planetas, en el plano de la eclíptica, y son más o menos conocidos y/o previsibles. Pero los de largo periodo -como el Ikeya-Seki, con su periodo de 879,88 años- pueden venir de cualquier punto del firmamento.

Los NEOs

Con esta información ya se puede tener una idea bastante completa de cómo es nuestro sistema solar:  por un lado se tienen unos pocos “objetos grandes” conocidos y predecibles como son los planetas y sus lunas, y por otro lado existe una miríada de “pequeños objetos” que se van descubriendo y de los que poco o nada se conoce.

Nunca se nos echará encima Mercurio o una luna de Júpiter, así que los cuerpos que realmente nos preocupan son los denominados OCTs (Objetos Cercanos a la Tierra) o bien NEOs (Near Earth Objects) en inglés, que son aquellos cometas y asteroides cuya trayectoria -ya sea su órbita natural o por haber sido desviados por la atracción gravitatoria de otros planetas- pasa peligrosamente cerca de la Tierra, existiendo la posibilidad de una colisión con la Tierra con efectos considerables.  Estos cuerpos se clasifican en:

NECs

Cometas Cercanos a la Tierra

NEAs

Asteroides Cercanos a la Tierra (Atenas, Apolos y Amores)

PHAs

Asteroides Potencialmente Peligrosos

Los realmente importantes son los PHAs, que son asteroides de tamaño superior a 150 m, y cuya órbita se acerque a la de la Tierra a menos de 0,05 UA, o 7,5 millones de Km.  Estos son los que han de ser vigilados.  Existe una cantidad bastante elevada de asteroides mayores de 150 m, puede hablarse de millones, y poco a poco se van conociendo nuevos.  Por el momento se conocen 464 PHAs.

 

Descubrimiento de Planetas

Hasta finales del siglo XVIII sólo se conocían los seis planetas más cercanos al sol, es decir, desde Mercurio hasta Saturno, los que podían verse a simple vista. Los alemanes J.D.Titius y J.E.Bode mostraron que la distancia que separaba a un planeta del Sol, seguía una progresión geométrica. El problema era que entre Marte y Júpiter “faltaba un planeta”. Pocos años después se descubrió Urano, y la distancia observada coincidía con la esperada para un séptimo planeta, así que los científicos de la época con sus telescopios se lanzaron a buscar ese escurridizo “quinto planeta”. El 1 de Enero de 1801 -el primer día del siglo XIX- Piazzi, un monje siciliano de la orden de los Teatinos, descubrió un pequeño cuerpo a una distancia similar a la esperada por los cálculos de Titius y Bode.  Era el primer asteroide conocido y fue bautizado como Ceres -diosa romana de la agricultura y protectora de Sicilia-. Aún así, este objeto celeste sólo medía unos 1.000 Km de diámetro -la Luna tiene casi 3.500-, un tamaño ridículo para lo que se espera de un planeta.  En los 7 años siguientes se encontraron a la misma distancia otros tres nuevos “planetas”: Palas, Juno y Vesta. Y así fue durante muchos años. Hoy en día se conocen más de 150.000 asteroides, y su número va en aumento.

 

Un peligro real

Durante el mes de Julio de 1994, tanto los aficionados a la astronomía como el público en general fueron testigos de una importante colisión de este tipo en el sistema solar.

Un año atrás, el matrimonio Shoemaker y David Levy descubrieron un cometa que fue posteriormente catalogado como el cometa Shoemaker-Levy 9.  Con el transcurso de los meses se fue observando que este cometa debía acercarse mucho a la posición de Júpiter, y se comprobó que se había roto en, al menos, 21 fragmentos, algunos de 2 ó 3 Km de diámetro que se acercaban a la friolera de 60 Km/s (216.000 Km/h). Se siguió estudiando y se justificó que existía una probabilidad del 90% de que los principales fragmentos impactaran en Júpiter, luego se vio que era del 99% y poco más tarde, con más datos, se obtuvo una probabilidad superior al 99,99%.

Con esta certeza estadística, muchos astrónomos se prepararon para observar y estudiar las colisiones, esperadas entre los días 16 y 22 de Julio de 1994.

A las 20:11 del día 16 sucedió el primer impacto.  A las 08:05 del día 22 cayó el último fragmento del cometa sobre la superficie de Júpiter.  En total, 21 impactos registrados. Como resultado, se midieron enormes cantidades de energía desprendida y pudieron verse las cicatrices dejadas en la cara de Júpiter -algunas más grandes que el planeta Tierra-. Los fragmentos más grandes liberaron una energía cercana a 3 millones de megatones, lo que equivale a 150 millones de bombas como la de Hiroshima o 30 veces el poder del máximo arsenal nuclear de la Tierra. Se calcula que de haber impactado en la Tierra, hubiera muerto en el acto el 25% de la humanidad, y el maltrecho resto iría sufriendo una agonizante muerte por la “mini edad del hielo” que sufriría la tierra durante los siguientes lustros.