LIMITES DE LA REALIDAD
ANECDOTARIO
 

 

"PARKING TO THE RIGHT"

Entiendo que el amable lector de estas confesiones se indigne cuando en ellas se omiten nombres, direcciones o detalles relacionados con determinados casos. Puedo asegurar que obedece a poderosas razones: personas que quieren mantener el anonimato, lugares que precisan no ser descubiertos hasta la conclusión de las investigaciones para evitar obstáculos, o datos que podrían provocar que un servidor de ustedes termine unos meses “a la sombra” (y es que a veces uno termina por saltarse las leyes a la torera por un buen motivo).

En el caso que ahora nos ocupa me permitiré la licencia de ocultar la ubicación exacta. Las indagaciones, a día de hoy, no han concluido, y determinados objetos de valor, aunque sea puramente arqueológico, requieren un especial cuidado. No sería la primera vez que tras difundir algunos de mis trabajos, salvajes y sinvergüenzas han destrozado legados del pasado no protegidos por las autoridades.

Invierno del 2003. En una de mis muchas rutas de investigación por tierras andaluzas llegó a mis oídos cierta información sobre una cueva, conocida como la “del demonio”, en la que se habían hallado numerosos elementos de la prehistoria. A saber; pinturas rupestres, hachas de sílex, restos óseos. Al parecer, varios de esos elementos aún debían de estar esparcidos por la caverna, ya que las investigaciones oficiales se habían paralizado muchos años atrás.

Debido a mi interés por estas materias de nuestra historia más lejana, decidí hacer una visita a la cueva. Para ello me puse en contacto con mi viejo amigo Alberto Guzmán, uno de los más destacados veteranos de la ufología en nuestro país, gran amante de la arqueología, con el que he tenido la oportunidad de recorrer los principales enclaves arqueológicos de España y Portugal. Aceptó la propuesta al instante.

Y tras habernos ilustrado mediante un mapa de la ubicación de la Cueva del Demonio, salimos prestos a encontrarla, bien abrigados y con nuestras habituales herramientas de investigación (cámara fotográfica, de video, cuaderno de campo, metro, brújula, etc...).

Para no levantar sospechas o alarmas, preferimos no pedir consejos o datos al propio ayuntamiento. ¡Pobre de nosotros! Una simple llamada nos hubiera ahorrado muchos contratiempos...

No fue difícil ubicar la cueva. Cuando llegamos al pié de la montaña la divisamos en la lejanía. El orificio oblongo se apreciaba a la perfección. Pero nunca nos hubiéramos imaginado que estaba a tal altura, y en una loma tan pronunciada. “Los arqueólogos tuvieron que hacer piruetas para llegar allí – pensé -. Con razón lo dejaron por imposible”.

Durante largos y silenciosos minutos barajamos las diferentes posibilidades de escalar aquella mole. Pero todas ellas resultaban insuficientes. Aquella era una labor para profesionales. Un paso en falso, y podríamos terminar el día en el hospital, o siendo velados por nuestros seres queridos.

Así se lo hice ver a mi compañero.

-¿Tienes miedo? – preguntó, aunque su rostro serio y preocupado le delataba.

Y uno, que tiene su prestigio, respondió:

-Miedo no, que va. Lo decía por ti. A tu edad, igual te cuesta un poco – creo que la broma, debido a mi falsa sonrisa, no me salio del todo bien. Tenía miedo, y mucho.

Nos colgamos al cuello las cámaras, y en plan bestia, con la simple ayuda de unos guantes de trabajo, afrontamos la difícil tarea de subir a la escarpada cima.

Los primeros quince minutos nos dejaron sin aliento. Tan solo habíamos recorrido unos metros, pero dada la inclinación de la pendiente, el terror nos atenazó. A partir de ese momento comenzamos a encontrarnos en el camino con algo que nos preocupó aun más. A lo largo de la cuesta aparecían orificios en la piedra, con enganches para ubicar los arneses profesionales. Aquello demostraba que la subida solo era apta para gente bien preparada y con algo más que un par de guantes.

-¿Lo dejamos? – inquirió Alberto Guzmán medio ahogado.

-Sí, porque si no, nos vamos a matar.

Hicimos un intento por descender. Pero cada vez que lo intentábamos, nuestros cuerpos comenzaban a resbalar peligrosamente.

No se si os ha pasado alguna vez. Eso de que es más fácil subir o trepar, que bajar. Recuerdo que de pequeño me subí a un árbol con mucha facilidad, pero bajar, lo que se dice bajar, me fue imposible. Tuvieron que ayudarme entre tres personas.

Pues lo de la montaña fue lo mismo, pero con un mayor riesgo de accidente.

Creo que me faltó llorar. Llegó un punto en el que me resigné de tal manera, y estaba tan convencido de que iba a caerme, que miré hacia abajo pensando cual sería la zona por donde podría rodar mejor sin abrirme la cabeza. Así estaban mis esperanzas y mi ánimo. Y presupongo que mi amigo no estaría mucho mejor que yo.

De mutuo acuerdo decidimos seguir subiendo. Bajar era imposible; quedarnos allí no servía para nada; subir era la única opción. Tal vez habría un camino más largo pero más seguro al otro lado de la montaña.

En todo caso, de no haber habido camino alternativo, antes que matarme hubiera preferido quedarme a vivir en la cueva. Total, si el hombre prehistórico pudo...

Debieron de pasar al menos un par de horas, cuando sudorosos y temblando, llegamos a la cueva. No quise ni mirar para abajo. La pendiente debía ser brutal, con enormes pedruscos a manera de improvisadas lanzas. Lo dicho, o encontraba otro camino, o ya podía ir preparándome un hogar modestito en aquella fría caverna.

Dentro de la cueva encontramos algunos elementos curiosos que fotografiamos a placer. Hicimos dibujos copiados de las pinturas rupestres. E incluso encontramos un curioso “ídolo” cuya historia daría para un extenso trabajo. En general, el material recaudado en la cueva valió la pena.

Una vez recorrida de arriba abajo, nos enfrentamos a la cruda realidad. Teníamos que encontrar algún sendero para volver. Salimos a la boca de la caverna y vimos que la parte superior de la cima parecía muy plana. Por ello, entendimos que desde allí arriba podrían adivinarse otros caminos para descender.

Subir a la cima fue fácil. Tan solo tuvimos que trepar por un par de rocas.

Nada más asomar la cabeza nos quedamos paralizados, mudos, de piedra, nunca mejor dicho.

Me entraron ganas de pegarme cabezazos contra el suelo, de hacerme el haraquiri, de lanzarme al vació sin más. Por idiota. Por inepto. Por no hacer una simple llamada al ayuntamiento o al departamento de Turismo.

Allí mismo donde había posado mi polvorienta mano, o más bien el guante que la cubría, pasaba una carretera. De esas de montaña, vale, pero que a mí me pareció una autovía. ¡Una carretera a dos metros de la cueva!

En ese momento pensé que solo faltaba un enorme letrero de neón con el lema: “Welcome to the Cave of the Demon. Parking to the right”.

Habíamos trepado, a costa de nuestras vidas, por un camino de escalada profesional, sin cuerdas ni arneses, para llegar a una cueva por la que pasaba una magnífica carretera.

Sin hablarnos, con ese elocuente silencio que acompaña a los fracasados, caminamos por aquel carril en busca de nuestro coche. Para complicar más las cosas, la carretera surcaba varios kilómetros antes de llegar al enlace con el pié de la montaña. O sea, varias horas más de paseo. En llano, eso sí.

El día no nos había salido redondo, eso es cierto. Ahora bien, el “ídolo” hallado en la cueva ha quedado muy coqueto en el recibidor de la casa de Alberto Guzmán. Todo sea dicho...

 

Al bajar del coche, no podíamos ni imaginar el desenlace de nuestra aventura.

Los primeros metros, aunque todavía no muy pronunciados, nos dejaron sin aliento.

Una vez llegados a la cima, Alberto Guzmán, abatido, solo pedía un poco de agua.

Un servidor decidió grabar parte de la escena, esperando ganar con ella el premio Pulitzer.