Allanamiento de Morada
Verano del 2000. Allí estábamos en mitad de la
noche. Manu Palma con sus muletas por culpa de un reciente accidente, y
un servidor con el “cortafríos” metido en una bolsa, ambos escondidos en
un callejón de un pueblo de Málaga. No es que fuéramos a cometer el peor
crimen de la historia, pero el miedo nos atenazaba la garganta. Casi
esperábamos que de un momento a otro apareciera el coche de la policía
chirriando las ruedas, y eso que aun no habíamos consumado el delito.
Tras una minuciosa ojeada a las casas que conformaban la avenida, dimos
con nuestra víctima. Debía ser aquella. Los detalles del viejo caserón
coincidían con la descripción. Inmueble antiguo, con varias plantas y
aparentemente deshabitado.
Días antes, un amigo nos habló de una casona ubicada en aquel pueblo, en
la que presuntamente ocurrían fenómenos extraños. Sus dueños habían
sufrido tanto que hace años la abandonaron, y desde entonces no ha
vuelto a ser habitada. Era conocida en el entorno como “la casa del
terror”.
Así que, dispuestos a vivir una experiencia interesante, tomamos nota de
la ubicación aproximada de la casa y sus detalles, para ir de madrugada
a los pocos días, y comprobar por nosotros mismos los supuestos sucesos
anómalos.
Amparándonos en la oscuridad del portalón, Manu y un servidor analizamos
las formas de entrar. Al contrario de lo que nos había contado nuestro
amigo, aquello no estaba abierto. En cambio, había una gruesa cadena
sujetando ambas hojas de la puerta, con un candado invisible a nuestros
ojos, ya que estaba en el interior.
Aquel cambio de planes nos inquietaba, pero no nos dimos por vencidos y
decidimos usar el “cortafríos”. Lo llevaba precisamente para casos como
aquel, en el que una cadena o una verja nos separaran de nuestro
objetivo.
Indiqué a mi compañero que no se moviera, para evitar ser observados
desde las numerosas casas que nos rodeaban. Allí, en la oscuridad, nadie
podría vernos.
Metí la mitad de uno de los eslabones de la cadena y apreté. Se fracturó
como si fuera de mantequilla.
Fui a hacer lo mismo con el segundo, pero antes, avisé: “Ahora la cadena
caerá al interior de la casa y hará mucho, pero mucho ruido. No se te
ocurra moverte, porque aunque el escándalo sea grande, si nadie nos ve,
no podrán saber que procede de aquí”.
Manu asintió. Viéndolo ahí, con sus dos muletas, con una bolsa en la
mano, y una lesión grave en un pie, dudé que fuera muy lejos.
¡Me equivoqué! Fue caer la cadena al suelo, y el bueno de Manolo empezó
a correr, o mejor dicho, a desplazarse dando saltos con las muletas, a
la pata coja, agitando la bolsa en el aire para más inri. Cruzó la
carretera en esa guisa y se escondió en el callejón de enfrente. Fui
detrás de él, no se si para detenerlo o porque me había contagiado el
pánico. Le increpé por su comportamiento, pero me contestó que se había
dejado llevar por el miedo que le había causado el estruendo de
cadenas. “No vuelvas a salir corriendo, por favor”, le dije.
Esperamos allí un rato prudencial y regresamos al caserón, ahora abierto
de par en par. Linterna en mano nos adentramos en sus fauces, yo
portando como arma el cortafríos, y Manu con la bolsa de plástico blanca
todavía enganchada en la mano.
Tras penetrar en varias de sus estancias, me di cuenta de que algo raro
estaba pasando. Aquello no tenía pinta de estar abandonado. Había
muebles y enseres diversos por doquier. No será que....
“Jodeeeeer, que la hemos cagado”, dijo Manolo. “Espera, miremos en la
cocina”, le respondí, intentando hacer oídos sordos a la cruda realidad.
La
cocina, desafiándonos, apareció repleta de objetos y no había polvo
acumulado. Lo peor vino al abrir la nevera. Había comida que parecía
haber sido guardada unos días antes. Nos echamos las manos a la cabeza.
Habíamos metido la pata hasta el fondo.
(Días después descubrimos que nuestras sospechas eran fundadas. Nos
habíamos equivocado de casa, ya que la original estaba dos manzanas más
abajo, y habíamos entrado en una totalmente habitada, cuyos dueños
habían salido de vacaciones durante unos días)
En
aquella situación, ante un frigorífico repleto de manjares que en otras
circunstancias hubiéramos degustado, nos miramos con ojos desorbitados.
“Antes te he dicho que no corrieras, ¿verdad?”, le dije a Manu. “Sí,
tío”, me respondió. “Pues ahora corre todo lo que puedas”.
Y
aquellos dos delincuentes, que acababan de cometer su primer
allanamiento de morada (no fue él último, por cierto), salieron de allí
como alma que lleva el diablo.
Por segunda vez en la noche, se dejó ver la figura de un lisiado
cruzando a trompicones la carretera, agitando una bolsa de plástico
blanca en la mano, a modo de cometa.
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Manu Palma, audaz héroe,
en la época del suceso, siendo ayudado en el aeropuerto en los
momentos previos a uno de nuestros viajes de investigación |
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