LIMITES DE LA REALIDAD
ANECDOTARIO
 

 

"Radio Churriana, cojones"

La frase se da un aire a aquella otra de “Doctor Livingtone, supongo...”. Y al igual que la pronunciada en 1871 a la orilla del lago Tanganica por el reportero Henry Stanley, también ha quedado grabada en mi memoria en forma de curiosa anécdota.

La historia no transcurre en esa cuna de la humanidad que es África, sino en un humilde municipio, otrora pueblo malagueño, llamado Churriana, a pocos kilómetros del casco urbano.

Me encontraba por aquel entonces, año 1999, en plena investigación de unas curiosas teleplastias que hicieron acto de presencia en una casa del barrio, y que dieron lugar a un trabajo de investigación que incluí, junto a otros, en mi opera prima “Misterios del Sur”.

Aquella tarde había quedado con la dueña de la vivienda, Antonia Fernández Atencia, para analizar por enésima vez los rostros esparcidos por el suelo de la cocina, decidido a sacar nuevas medidas y recoger muestras.

A eso de las 7, en los albores de un oscurecer otoñal, presionaba el timbre de la enorme casona. Laura, hija de Antonia, me informó de que su madre iba a retrasarse casi una hora por un imprevisto. Me invitó a pasar y esperarla, cosa que denegué en beneficio de un paseo por aquellas calles que tanto me atraen.

Caminando por la plaza, sede de un Centro Cultural y Biblioteca, me sorprendí al verlo abierto, ya que el edificio era clausurado a mediodía. Más aun me extrañó no ver a nadie entrando o saliendo. Rectifico, ya que sí había una persona. Un hombre mal vestido que, apoyado en una columna, me observaba con detenimiento. Aquella fija mirada no me gustó, pero ignorándola me interné en los dominios del centro cultural.

No me dio tiempo a subir las escaleras cuando unos pasos resonaron tras de mí. Al girarme vi al mismo hombre que tanto me escamara segundos antes, siguiéndome. Con una extraña mirada me dijo: “No se puede subir. El centro está cerrado. Se ha abierto solamente para una reunión del alcalde de Málaga con las autoridades de Churriana”.

Obedecí al instante, saliendo al exterior, preguntándome quién sería aquel hombre. ¿El conserje? ¿Algún vecino del municipio?

Consultando mi reloj deduje que un faltaban tres cuartos de hora para la llegada de Antonia. Decidí en ese momento ir anotando algunas preguntas que debía hacerle a la mujer, para de esa manera ganar tiempo.

Saqué una libreta, y paseando una y otra vez por la acera del Centro Cultural, fui tomando notas, mientras observaba de vez en cuando el suelo para no tropezarme. Aunque no fui consciente, debí dar al menos unas quince vueltas por aquel carril. Cuando me cansé, levanté la vista, dándome cuenta de que aquel hombre no solo me miraba con tanta atención como antes, sino que además se había separado de la columna, acercándose a mí. Me miraba con los ojos desorbitados, lo que comenzó a preocuparme.

Guardé mi libreta y decidí regresar a casa de Antonia. Allí dirigí mis pasos con tranquilidad, con las manos en los bolsillos.

De pronto escuché que unos pasos me seguían muy de cerca. Me di la vuelta y me detuve, viendo cómo de nuevo el hombre venía tras de mí, a muy poca distancia. Lejos de detenerse, se acercó aun más con un extraño gesto en su rostro.

Estaba mirándolo sin saber qué hacer, decir o pensar, cuando por el rabillo del ojo vi que una sombra se me acercaba por detrás. En ese momento pasaron por mi cabeza varias cosas en cuestión de décimas de segundo, pero la primordial era que iba a ser atracado, acorralado por dos ladrones que no dudarían en apuñalarme si fuera necesario.

Esa idea se vio confirmada cuando al girarme, la sombra apareció ante mí como la figura de un segundo hombre desaliñado que introducía su mano rápidamente en un bolsillo, sacando un objeto metálico que no identifiqué en aquel instante.

Adiviné lo que era el objeto, una placa policial, cuando lo tuve ante mis narices, a la vez que el hombre primigenio me sujetaba por los hombros y me decía: ¡Policía! ¡Dame esa libreta! Me di la vuelta sorprendido, balbuceando, mientras me acosaban a preguntas: “¿Qué hacías dando vueltas por la acera? ¿Qué has anotado en esa libreta? ¿De donde eres? ¿Qué has venido a hacer al pueblo?”

Al instante entendí lo que pasaba. Aquellos policías de paisano estaban en Churriana haciendo de escolta al alcalde malagueño. Días después supe que habían existido amenazas de atentados. Por eso, al verme entrar en el Centro Cultural, y después dar vueltas una y otra vez por la acera donde estaban los coches oficiales, así como tomar notas en una libreta, pensaron que era un terrorista, y que tal vez había anotado las matrículas de aquellos vehículos.

Algo nervioso por la situación les comenté que me dedicaba al periodismo de investigación y que estaba investigando unas teleplastias en el pueblo.

“¿Tele qué?”. Ambos agentes empezaron a enfadarse, y la situación se tornaba preocupante. Ya me imaginaba pasando la noche en el calabozo de comisaría.

Como por aquel entonces dirigía y presentaba el programa “La Voz del Más Allá”, en Radio Voz Málaga, ubicada en la misma Churriana, intenté identificarme de esa manera para evitar un desenlace indeseado.

Pero ni por esas. “¿Radio Voz? ¿Esa qué radio es? No la he escuchado en mi vida...”

De pronto, un anciano apoyado en su bastón que pasaba por detrás, sin poder evitar meterse en la conversación, soltó indignado: “Pues Radio Churriana, cojones”.

Aquel viejete me salvó la vida, porque no solo medió entre los agentes y un servidor, sino que además confirmó que me conocía y que había escuchado el programa, dedicado a “temas de esos raros, de espantos y luminarias”.

Los agentes entraron en razón, y tras tomar nota de mis datos personales, se disculparon y regresaron al Centro Cultural.

Agradecí enormemente al anciano su ayuda, sin la cual posiblemente hubiera dado con mis huesos en comisaría.

Desde luego, está comprobado que un “Cojones” soltado a tiempo, saca a uno de muchos apuros.

"Crirala", la casa de las teleplastias de Churriana

J.M.Frías y Antonia en Radio Voz Málaga